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Publicado: 18/05/2005


 

MI ABUELA ES UNA JOYA


Si alguien tiene motivo para estar agradecido a su abuela, ese soy yo. Mi abuela Ramona no hallaba nadie que reuniese las perfecciones que yo, y yo no hubiese encontrado quien vendiese mejor mi mercancía. Pero además hacía peladillas, deliciosas almendras garrapiñadas, mantecado helado dando vueltas pacientemente al manubrio de la heladera llena de trozos de hielo y mucha sal, tortas, pastelillos, guisos sabrosos heredados de su gente, y, por si fuera poco, brotaban de sus mangas, sus dedos y sus bolsillos pródigos, caramelos de todos los sabores y pastillas de café con leche de la Viuda de Solano, La Rioja, España, envueltas siempre en su risa y adobadas con leyendas, relatos, romances de ciego, cantares y oraciones rimadas que ya apenas recuerdo. Al ir creciendo, las golosinas de mi abuela se trocaron en consejos, juiciosas reflexiones, lecciones de prudencia e historias de familia que ilustraban sobre el modo de comportarse con los otros y de afrontar la vida.

Murió hace muchos años pero la tengo muy presente. Y cuando me sucede algo bueno creo oír su risa con un característico gesto de complicidad que nos anudaba como miembros de una secreta y exclusiva fratría, así es que yo le hablo de vez en cuando, tal vez no como antes. Pero ahora he pensado en ella al saber de ese perspicaz berlinés que se ha decidido a hacer diamantes con el carbono de la ceniza de los antepadados, lo que a mi me parece un respetuoso retorno a la veneración de nuestros muertos, porque se ha pasado en pocos años del piadoso culto a su despojos al desprecio absoluto de sus escorias de tanto esparcir cenizas por ríos, mares y campiñas como antaño se prometía hacer con los malditos para que sus almas no hallasen reposo nunca (''¡...y esparcirán sus cenizas para que no quede recuerdo de él!'').

Impregnado tal vez de la vieja aprensión por una práctica reservada a los réprobos y los malos, cuando alguien me dice que ha aventado las cenizas de un muerto se me erizan los cabellos. Pero es distinto ir con la cajita -¡nunca un saquete, porque sé de una familia que al poco de iniciarse esta costumbre se cenó al abuelo creyendo que era sémola, palabra de honor!- y decirle al jóven inventor berlines: ''Mire, ahí le dejo eso''. Y recoger al cabo de un par de meses -seis semanas a mil ochocientos grados centígrados de temperatura y no sé qué presión- un bello diamante para engarzar en un alfiler, unos gemelos, unos pendientes o un colgante, sabiendo que se lleva consigo a alguien de quien no quisimos separarnos, no tiene precio. Aparte de que si ahora se le dice a alguien que la abuela era un lujo, un premio y una joya, todos pensarán que es una metáfora, un ditirambo y una hipérbole fundada en la nostalgia. Pero si la ven, ya es otra cosa. Por entre ochocientas y un millón y medio a parte de la talla de la piedra, se puede dar testimonio de esa verdad.

Lo malo es que el tallador le de a uno el cambiazo o le birlen los gemelos en un tumulto. Que te roben los brillantes y la abuela son demasiadas pérdidas para un solo día.

Darío Vidal

18/05/05

 

       Mi abuela es una joya (18/05/2005 20:55)