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Publicado: 17/05/2005


 

EL PIANISTA NÁUFRAGO


Como hay otros mundos además de éste, hoy querría hablar de los ángeles. Ustedes saben que el 8 de abril, la policía encontró caminando por una carretera de la isla de Sheppey (Kent) al S-E de Inglaterra, a un hombre jóven alto, muy rubio, bien parecido, de menos de 30 años, elegantemente ataviado con un terno negro, que chorreaba agua como si saliese del mar. Sus prendas no tenían marca, carecía de documentación y aún no ha despegado los labios. A una enfermera del Medway Maritime Hospital se le ocurrió darle un lápiz y un papel y dibujo un piano de cola sin un solo error de perspectiva y una minuciosidad tal que no falta ni una pieza del teclado. Así es que le llevaron ante uno y estuvo interpretando música clásica durante horas como un profesional hasta terminar exhausto. Algunas de las melodías parecen estar compuestas por él mismo según los expertos. Lo intrigante es que nadie ha denunciado su desaparición.

Al margen de lo que pueda estar sufriendo -padece ansiedad, se halla angustiado y se acurruca en postura fetal si ve a un desconocido- no me negarán que la noticia tiene un enigmático aliento poético, tan necesario hoy como los sueños. Parece como si el apuesto doncél quisiera transmitirnos un mensaje.

Como la isla canaria de San Borondón solo vista en ocasiones, que se desvanece al acercársele alguien. Uno de esos sucesos que aún nos vinculan al misterio. Igual que cierto adolescente desconocido que apareció en una peña de muchachos sabiéndolo todo de una de las chicas, su familia y su pasado, dando lugar a bromas maliciosas y al enojo de la protagonista que se creía acosada porque ignoraba que estaba preservándola de muy serios conflictos. Mas cuando, ya enterada, esperaba que pidiera alguna compensación desapareció sin dejar rastro como había venido. Los protagonistas ahora adultos, le siguen llamando admirativamente ''el Ángel''.

En los archivos de Alcañiz está documentada el siglo XVIII la entrega en custodia a la Colegiata de Santa María la Mayor, con sus testigos y sus firmas, de una hermosa talla policromada que pensaba recuper al regreso de Tierra Santa un misterioso peregrino que manifestó su voluntad de que quedase en propiedad del templo si en el plazo de diez años no pasaba a recogerla. No apareció más y todos se preguntaron quién iba a peregrinar tan lejos y con aquella carga si no era un ángel que quería hacer ese obsequio a la ciudad.

No se lo creerán pero yo también viví un suceso inquietante. Hace años compré un balandro a medias con un amigo y al regresar de nuestra primera singladura, una ola de través que no supo sortear nuestra escasa pericia puso la embarcación quilla al cielo y nos metió debajo del casco. Al desembarazarnos de la jarcia, las drizas, las escotas y el paño de las velas que nos aplastaba contra el agua, mi amigo nadaba hacia la playa mientras yo asía la perilla del palo, que me izaba y me hundía alternativamente, intentando avanzar hacia tierra. Cuando llegué anochecía, el peso del agua que anegaba el casco me impedía sacarlo y en varias ocasiones una ola más impetuosa me llevó de nuevo hacia adentro, hasta que me dejé caer extenuado sin preocuparme ya de que otra se nos volviese a llevar. Dos muchachos con traje oscuro y corbata -cosa absolutamente inaudita en aquel lugar- se vinieron hacia mí, vaciaron el velero y lo depositaron en la playa sin que yo pudiera ayudarles. Cuando me incorporé para darles las gracias no había rastro de ellos. Siempre los he tenido por ángeles.

Darío Vidal

17/05/05

 

       El pianista nŠufrago (17/05/2005 20:34)