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Publicado: 13/05/2005


 

LOS ÚNICOS MUERTOS


Los judíos han iniciado un viaje sin retorno hacia su propio ombligo con el Memorial del Holocausto que acaba de inaugurarse en el corazón de Berlín.

Después de la ocupación de Palestina por los sionistas mediante el sutil procedimiento de adquirir a los nativos casas, yermos y solares hasta hacerse con la propiedad real del país durante el proceso de descolonización británica, y una vez sancionado por la Declaración Balfour el derecho de los hebréos a asentarse en la que fué para ellos la Tierra Prometida (1917), todo el mundo pasó por alto las turbulencias que generaba el acomodo de los dos pueblos en un mismo territorio y se inició la ceremonia de la confusión, la pugna por la sinrazón y el baile de los muertos. Mas sólo parecía una crisis de crecimiento.

Mediado el siglo XX la tensión entre nacional-socialismo y comunismo desencadenó una guerra en la que unos y otros coincidían únicamente en el odio a los judíos, esgrimiendo libelos como ''Los Protocolos de los Sabios de Sión'' y otras patrañas propagandísticas que hicieron fortuna. La opinión pública sucumbió a las campañas del nazi Joseph Goebbels -por cierto de origen judío-, que cargó en la cuenta del ''pérfido pueblo deicida'' los males de Palestina y el mundo, de los que por cierto también eran culpables las piadosas religiones de la compasión, los débiles y los pueblos inferiores. Una ideología fundada en las ideas de un atractivo esquizofrénico: el filósofo wagneriano Federico Nietzsche creador de la doctrina del Superhombre. Sólo faltaba que otro loco con capacidad de fascinar como Adolfo Hitler propusiera la ''Solución Final'', para que fueran al Campo de Exterminio, sacerdotes católicos, pastores protestantes, idiotas, ácratas, disminuídos físicos, tarados, enfermos, comunistas, lisiados, homosexuales y miembros de ''razas inferiores'' como gitanos y judíos.

Es cierto que las víctimas judías fueron las más numerosas pero, como decía Bartolomé Soler en respuesta a José Mª Gironella el año 1960, ''los muertos no se cuentan''. Millones de inocentes de toda religión, raza y condición padecieron el dolor, la sinrazón, la humillación y el horror. Y acabaron unidos por la muerte, rezando, llorando o cantando juntos.

No tiene razón el racismo judío -tan execrable por lo menos como el nazi-, para marginar del Memorial el recuerdo de los mártires no-judíos como han logrado su inspiradora Lea Rosh, la escultora Christine Jakob-Marks y su arquitecto Peter Eisenman. De nada ha servido el Holocausto (la ''Shoah'') si no se ha aprendido la lección. Pero no son como todos sino más que los demás y sólo los judíos merecen homenaje: ellos fueron los únicos muertos.

La idea generalizada del pueblo justo, del manso pueblo perseguido alentada por la propaganda, se ha disipado ante la crueldad inhumana de un Estado hacia el que todos mostramos simpatía, complicidad y hasta un malsano e infundado sentimiento de culpa. No temo que me acusen de antisemita por manifestar mi decepción después de una adhesión tan contrastada en cuanto he escrito. La percepción de lo judío ha cambiado. No faltaba más que la ofensa de Berlín. Así es y no hay que callar por cobardía. Aunque nos duela y decepcione. El altivo Quevedo gritaba con gallardía: ''No he de callar por más que con el dedo / ya señalendo la boca o ya la frente / silencio avises o amenaces miedo. / ¿ No ha de haber un espíritu valiente? / ¿Siempre se ha de sentir lo que se dice; / nunca se ha de decir lo que se siente?''

Darío Vidal

13/05/05






Quevedo: decir lo que se siente.

 

       Los únicos muertos (13/05/2005 19:25)