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Publicado: 04/05/2005


 

MATAR


Me parece realmente sórdida e inhumana la inclinación victoriana al cinismo hipócrita, más desnudo al infantilizarse en América, y me parece compadecible la buena gente de la calle sometida por el Poder a aceptarla como guía moral mediando la pedagogía de la infamia. Todo el edificio social parece sustentarse en el lema ''Mata''. Y por ese camino se llega incluso a matar el Planeta. No es una ocurrencia, no es una ''boutade'', no es una invectiva.

Pero desde esa óptica cobarde tan lejana a la visión del Rey Arturo, matar no es morir. Morir supone un compromiso sacramental con la Muerte como lo fué en el mundo clásico. Ahí, por el contrario, la Muerte es una abstracción, una mentira, un fantasma inexistente: por eso maquillan a los muertos que llegan todas las semanas desde Iraq y sus tumbas se ocultan a la gente. Morir es una derrota, una vergüenza, un suceso obsceno para una comunidad que desprecia todo lo que no sea juventud radiante, y donde los viejos -los nobles ancianos que fueron siempre depositarios de la sabiduría-, se zurcen las arrugas y recomponen el rostro en casa del cirujano para seguir pareciendo mozos, adolescentes, esto es novicios, incompletos y carentes -que es en lo que consiste adolecer-, acaso para huír de las responsabilidades de la edad.

Las gentes de esa envejecida patria nueva, han elevado a doctrina la loca aspiración de sus dirigentes a quitar la vida a los demás. Sus ''marines'' son maltratados para crear en ellos un perpetuo estado de rencor que facilite tales comportamientos, y en el ejército dan el ''paso ligero'' gritando a cada zancada ''¡Kill, kill, kill, kill...!'' como una salmodia maldita, como un ''mantra'' diabólico y blasfemo: ''¡Ma-ta, ma-ta, ma-ta...!'' Millán Astray, a quien Unamuno afeó su eslógan de ''Viva la Muerte'' la elevaba al dulce rango de enamorada, a novia que aguardaba la llegada del soldado ''para unirse en lazo fuerte a tan leal compañera''. Para él y sus legionarios la Muerte es un destino en buena medida aceptado; es un hermoso acto religioso que ha de consumarse bellamente, con gloria y heroísmo. Para el Tercio, la muerte es una ruleta que un mal día puede tocar y que hay que aceptar con entereza. Por ello la muerte es percibida como un sacrificio, desde el yo vulnerable. No contemplan el matar, que no es necesario, sino el morir que es inevitable. En tanto que los actuales amos del mundo no se plantean inmolarse ni poner en juego su porvenir por tales o cuales causas, sino administrar la muerte: matar no importa a quién y por qué causa. Es lo contrario del ideal caballeresco artúrico por el que se guiaron las gentes buenas, amigables y sencillas, hasta que los petroleros, los explotadores y los rufianes comenzaron a mandar y formular orientaciones al país. Y luego, para dar salida a los delincuentes nacidos de la guerra, y a las armas que siguen perfeccionando, han enviado a criminales, negros e hispanos a matarse en Corea, Vietnam, Afganistan e Iraq, mientras la ''Asociación de Amigos del Rifle'' organiza, en bosques acotados, safaris de presidiarios a los que se suelta para ser cazados. No puede extrañarnos que ahora den en matar al Planeta.

La última apelación a matar, no por referirse a animales salvajes menos detestable, consiste en exterminar a los pumas cuyo hábitat está invadiendo la ciudad de los Ángeles. No basta con alambradas eléctricas u otras medidas, no; es preciso ver correr la sangre. ¡Mata, mata, mata, mata!

Darío Vidal

04/05/05

 

       Matar (04/05/2005 00:51)