Hemeroteca:


Junio 2020
Dom Lun Mar Mie Jue Vie Sab
 
       

Publicado: 30/04/2005


 

Y AHORA A REGRESAR


Ya estamos en el puente, y las salidas de algunas ciudades populosas se hallan todavía colapsadas. Nos encontramos cada cual fuera de sitio, lo que tal vez constituye la máxima aspiración de los moradores de esta centuria: todos desubicados, todos dearraigados, todos fuera de casa si es que tenemos casa y no son la casa, el coche, la tele y el consumo los que nos tienen a nosotros. Nuestros antepasados amaban su casa de toda la vida, que había sido a la vez la de los suyos; los abuelos se ufanaban del huerto con su fruta y sus tomates, y nuestros padres querían su coche de toda la vida. Para qué iban a cambiarlo si iba bien. Pero nosotros nos sentimos fracasados si no cambiamos de morada varias veces y de coche cada cuatro años. Nos pasamos la vida deseando. Y el deseo es un sentimiento enfermizo. Una cosa es el deseo y otra la aspiración. La aspiración es un incentivo que impele a la trascendencia, al esfuerzo y la porfía: en la aspiración nadie estorba. Por el contrario el deseo es una actitud envidiosa, pasiva, rencorosa, negativa y mezquina, que pugna muchas veces contra los propios intereses y no conduce a la felicidad.

Muchos de los que estos días están vadeando la pequeña vacación del primero de mayo lo hacen a su pesar, pero cómo reconocer a su término que no han salido de casa. Lo solicita ella, lo exigen los niños que se ponen tan impertinentes sin colegio, lo demanda el medio cultural -''¿Dónde habeis ido este puente?''- dando por sentado que hay que moverse aunque sea sin destino, con tal de no abandonarse al manso fluir de la vida por unos días y pararse a escuchar el propio corazón. Lo que importa es estar fuera de sí, negarse a la reflexión, huir de sí mismo, porque a estar consigo le llaman algunos soledad. No nos enajenan los otros, nos enajenamos nosotros mismos porque huimos de la áspera verdad de la conciencia desnuda y de los interrogantes que nos enfrentan a la trascendencia.

Pues bien, en esta suerte de guerra en que consiste cruzar el puente, han caído al flujo turbulento de la breve vacación primaveral muchos ciudadanos a los que el destino ha llevado a la otra orilla para no volver. Y no sabemos aún cuantos felices domingueros de los que, pasadas las cuatro de la tarde del 30 de abril están en esa estresante caravana de cuatro kilómetros saliendo hacia Valencia regresarán a casa el 3 de mayo. Ojalá volviesen todos. Pero el cotejo de los datos no nos autoriza a ser optimistas porque ahora hay que regresar.

La próxima semana, la Dirección General de Tráfico -más propio sería Tránsito- tornará a difundir estadísticas y, como ayer anunciábamos, cargará la culpa al exceso de velocidad, lo cual puede ser verdad, porque como decíamos ayer nada sucedería si nadie se moviera. Pero como la DGT funda sus premisas en prejuicios, no cabe esperar que sus conclusiones sean certeras. Para empezar es de una torpeza inaudita que alguien que se titula experto en circulación se atreva a definir a qué velocidad comienza la velocidad excesiva. Punto primero. Es de una audacia inconcebible que repartan carnets con solo que los alumnos sepan arrancar, dar marcha atrás y aparcar mal. Para obtener el carnet debiera ser imprescindible saber negociar una curva y defenderse en tierra, suelo húmedo y helado. Porque este es un país quebrado y curvo, de tierras secas y arenosas, y lluviosas y heladas con estaciones de esquí.

Darío Vidal

30/04/05


 

       Y ahora a regresar (30/04/2005 17:34)