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Publicado: 23/04/2005


 

AMADÍS


Un amigo ha tenido la gentileza de obsequiarme esta mañana con una edición del Amadís de Gaula que, leído el Quijote, es la lectura más quijotesca que se puede acometer en el cuarto centenario de la aparición del Caballero de la Triste Figura, y el más fino homenaje que puede rendirse a don Miguel de Cervantes. El Amadís es el ápice de un género literario que cautivó no solo al asendereado Alonso de Quijano el Bueno sino a espíritus tan juiciosos, sensibles y elevados como Teresa de Jesús cuando todavía se llamaba Teresa de Cepeda y Ahumada. Toda la España de las grandes hazañas de las Indias y Lepanto, la España de los sueños desmedidos, apacentaba la fantasía y el espíritu, desde los ilustrados a los iletrados, en los libros de caballerías que eran trasunto de su colectiva fiebre de gloria. Por eso conviene leer el Amadís de Gaula si se quiere entender esa epopeya del desencanto y el fracaso que es la Historia del Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha. El Amadís representa la apoteosis del ideal y el Quijote la amargura de la decepción, que es el pentagrama en que la Fortuna anota nuestra vida.

Hoy hace ya diez años que ideé para esta fecha del Libro la ceremonia del Vencimiento del Dragón por nuestro señor San Jorge, rememorando el milenario de la batalla de Alcoráz que abrió las puertas de Huesca a don Pedro I de Aragón el año 1096, donde vieron lidiar con el mayor ardimiento durante toda la jornada acudiendo siempre a los sitios de mayor peligro y compromiso, a un animoso y apuesto ''caballero blanco, vestido de blanco, sobre un caballo blanco'', que todos -moros y cristianos- dieron en identificar con el paladín de Capadocia. Un santo que nunca existió, como la fantástica Isla jamás hollada de San Borondón a Poniente de las Canarias a la que los celtas llamaban San Brandán, y como Don Quijote el aguerrido antihéroe tan entrañablemente humano, que dió la postrer lanzada a Amadís de Gaula. Tres inmarcesibles sueños del espíritu que jamás vencerá la realidad.

Por eso no hice que San Jorge alancease al Dragón. En este tiempo de impiedad y de rapiña, de violencia y terrorismo, es necesario sugerir a nuestros niños que renuncien a imponer sus ideas y que aprendan por el contrario a enamorar con ellas: que no se trata de vencer sino de convencer. En la ideada ficción, el jinete finta y encela al enorme Dragón al que hechiza con amor y un sencillo ramillete de primavera: el Ramico de Bienquerer que los hortelados de esta tierra ofrecían el 23 de abril a la muchacha preferida.

De vez en cuando nos visita un instante vecino de la dicha; un momento sin tiempo como una eternidad; un minuto que resume una vida y supera la gloria aunque tarde diez años a llegar. Y asiendo contra mí el Amadís que me traía Jesús Galve, he callejeado entre el fulgor de la primavera percibiendo que se ha hecho tradición el sueño de otras horas hasta distraer a los políticos de invitarme a la fiesta convertida ya en un poema anónimo como quiso Machado que fuera el mejor verso, un poema de luz, gallardetes, flores, dragones, jinetes y colores que hechizaba a los niños y restituía a los mayores a la Patria de los sueños que la prosa les disputa cada día. Y he sabido que aún pueden redimirnos pese a todo las ''razones del corazón que la razón desconoce''.

Darío Vidal

23 abril 2005.

Día de San Jorge.

 

       Amadís (23/04/2005 22:43)