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Publicado: 19/04/2005


 

ESPÍRITU SANTO VS. JERARQUÍA


A mi me inquietó siempre la estrecha relación que mantuvieron el Papa polaco Karol Wojtyla y el cardenal alemán Joseph Ratzinger. El Papa difunto decía que era su amigo de confianza y eso supone compartir criterios y poseer afinidades. La latitud engendra identidades; la generación común en determinada altura de los tiempos ayuda a configurar el pensamiento, y la historia compartida alumbra semejanzas aunque se haya vivido desde opuestas trincheras, como el prepósito de la Congregación para la Doctrina de la Fe que perteneció, al parecer contra su voluntad, a las Juventudes Hitlerianas, en cuya condición fue destinado en Baviera a una unidad de artillería antiaérea. Una circunstancia que con toda probabilidad no buscó pero que debería alejarlo de cualquier pretensión a la silla de Pedro. Aunque Juan Pablo II lo apreciara, se identificase con su biografía y valorase la fe roqueña de un tradicionalista alemán. Ambos eran hijos de su época pero el Papa polaco jamás empuñó un arma. Y aunque es posible que en tales circunstancias no pudiera zafarse de las garras del III Reich -aunque otros lo burlaron- debería entender que hay episodios, acaso fortuítos, que nos alejan de determinados destinos. No sabemos si el cardenal bávaro compartió en sus años de adolescencia la mística wagneriana del nazismo, tan atractiva para un joven idealista de su momento, aún sin llegar a suscribirlo hasta sus últimas consecuencias, pero no cabe duda de que le cuadra la dirección de la Santa Inquisición vaticana. Es un hombre duro, firme, frío, racionalista y autoritario, entre cuyas virtudes -sin duda numerosas- no consta la humildad. El desmanteló la Iglesia de la pobreza, la teología de la liberación, el apostolado obrero y todo lo que pudiera sonar a revolucionario, para evitar la conquista de la Iglesia por el comunismo. Y cabe preguntarse si la Iglesia hubiese tenido motivo para temer a los comunistas si aplicase las enseñanzas del Maestro. Pero esa es otra cuestión.

Menos mal que, en opinión de los ''vaticanólogos'', quién entra en el Cónclave como Papa, sale cardenal. Pero quienes no hayan tenido más noticia del ilustre eclesiástico, imagino que se habrán quedado de piedra ante la contundencia dialéctica y doctrinal del discurso que Ratzinger pronunció ayer en la Capilla Sixtina como decano del Colegio Cardenalicio, condenando a diestro y siniestro todas las tendencias, opciones e ideologías de los católicos de hoy. Quiero pensar que el Espíritu Santo volará diligente para iluminar la razón de los electores, mostrando su radical insumisión a la Jerarquía.

No sucede lo mismo con los nombramientos que no dimanan de la Gracia del Espíritu sino de la Jerarquía, que con frecuencia se equivoca como parece demostrar el nombramiento para la sede episcopal zaragozana, precisamente del único prelado que sugirió al Papa Juan Pablo II que terciase a favor del trasvase del Ebro hacia Levante, condenando los secanos al yermo para promover nuevos campos de golf y lucrativas urbanizaciones en las costas del Mediterráneo. Es una suerte de provocación eclasial.

Seis de la tarde. Suena la radio. ''¡Fumata bianca!'' Espera. Tensión. Y al cabo:''¡Habemus Papam!''. Tomará el nombre de Benedicto XVI, como nuestro ''Papa Luna'', y es Joseph Ratzinger. No es ''El Inquisidor'' como le llaman sus compatriotas, ni perteneció a las Juventudes Hitlerianas. Habrán de modificar sus biografías porque están equivocadas.

No tengo precio como vaticanista y como profeta.

Darío Vidal

19/04/05

 

       Espíritu Santo vs. jerarquía (19/04/2005 19:29)


 

OPINANTES


Probablemente la tertulia sea una de las tradiciones más gozosas que nos han dejado Grecia. No sé qué debió ser primero pero me da la impresión de que ese diálogo a veces distendido y otras acalorado aunque siempre respetuoso en que consiste el intercambio de ideas entre iguales, debió ser el fundamento de la Democracia. Y no se imagina uno esos inicios en lugares oscuros, cerrados, fríos, con los participantes congregados junto a un fuego, con la nieve en las calles y los carámbanos pendiendo del tejado, que más parece un decorado para la iniciación, la confidencia, la intriga, la conjura o la oración. Imaginamos esos orígenes en el espacio abierto de los lugares públicos y no en la casa de nadie, a plena luz, sintiendo en el rostro la brisa tibia del Mar Nuestro y el aliento cálido del sol, paseando por el ágora o sentados a la sombra de la higuera del camino.

Luego vendrían las largas peroratas del simposio reclinados en el triclinio, mientras los esclavos iban de un lado a otro con la crátera sirviendo vino cortado con agua o hidromiél, y por fin la reunión en ese espacio privado que se hace público en el bar y el café, como el Pombo, el Gijón o el Casino del pueblo al que acudían los abuelos, hasta que el gas de los escapes, el ruido de las calles y la fascinación de ''la tele'' acabó por agostarlas. Aunque si algo falta es tiempo y ocasión, y hasta puede que falta de vocación para comprometerse un rato cada día para dar y acoger las razones de los otros. No falta el deseo del encuentro y el debate, pues mientras los nórdicos se conforman con leer los artículos y los editoriales de los papales públicos, aquí únicamente somos capaces de digerirlos contrastándolos, criticando, matizándo, ponderando o negándolos, sin obviar la gesticulación y los aspavientos si conviene. Hasta tal punto es así, que todas las televisiones y las radios programan tertulias y debates en que los participantes creen representarnos de forma vicaria.

Hace ya muchos años, algunos audaces ideamos la fórmula, pero tuvimos la modestia y la prudencia de invitar a los expertos para no decir tonterías. Ya que hablábamos de Grecia más arriba, los de casa ejercíamos la ''mayéutica'' como Platón, para extraer sus opiniones con humildad y en ocasiones afectando más ignorancia de la que teníamos, con objeto de que el entendido explicase los asuntos con precisión y lucimiento. Ahora no, válganos Dios. Salen los opinantes, hacen el paseíllo, son presentados como los púgiles en el ''ring'' y comienzan a opinar con desparpajo, contundencia y la mayor seguridad sobre el sínodo de los obispos, los entresijos del cónclave, las previsiones económicas para el próximo ejercicio, las razones últimas de los nacionalismos sin hacer distinciones ni matizar entre unos y otros -porque desde Madrid al fin todo es ''Provincias''-, las claves secretas de las elecciones vascas, la lógica de sus pactos, y las raices geoestratégicas de los conflictos más lejanos, como los motivos del desaire de los chinos al Japón.

Qué suerte saber tanto. Cuando yo sea mayor quiero hacerme contertulio de la radio. O de la televisión, para insultar a quien me caiga mal.

Darío Vidal

18/04/05



 

       Opinantes (19/04/2005 09:24)