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Publicado: 15/04/2005


 

ESPÍRITU SIN CUERPO


La vida y el ejemplo de Stephen Hawking parecen remitirnos a la visión más idealista de la existencia. A los argumentos que el misticismo cristianismo daba para desterrar del hombre al cuerpo como una carga baldía, como un fardo pesado, como la bestia con que la Naturaleza, o el demonio, lastraba el vuelo del espíritu, tomando aquel apotegma griego que rezaba ''soma, sema'', esto es, el cuerpo es la tumba.

Stephen Hawking, catedrático de Matemática Aplicada y Física Teórica de la Universidad de Cambrige es una suerte de homenaje a la Teología cristiana y un acto de Fe, no sé si a pesar suyo, pero por obra de la Enfermedad de Lou Gehrig o ''esclerosis lateral amitrófica'' que contrajo en Oriente Medio y progresa implacable hacia su paralización total. En una silla de ruedas, privado ya de la palabra, y con apenas algún movimiento en los dedos de la mano derecha con los que actua sobre su ordenador incluso para emitir voz artificial mediante un sintetizador, sigue investigando, dando sus cursos, escribiendo libros y dando conferencias como la que pronunció recientemente en Oviedo ante los Príncipes. Estudioso del origen del Universo, que según la teoría que viene desarrollando se produjo por un punto de distorsión infinito del espacio y el tiempo que originó el ''Big Bang'', es el alma desencarnada, el puro espíritu, el ángel sin las ''grandes alas de cadenas'' que en opinión de Blas de Otero hacen tan difícil el vuelo del hombre. No hablo de moral; me refiero simplemente al espíritu y a esa ascensión hacia el infinito de un ser al que la enfermedad y tal vez la herencia han privado de belleza física; dos circunstancias que otorgan a su cuerpo retorcido e informe, su rostro inexpresivo y su visceral y orgánica boca entreabierta, húmeda y torcida, un aspecto acaso repugnante. Dios nos perdone a los pasajeros de este siglo, que rechazamos y pretendemos ignorar la decadencia, la enfermedad y la muerte como realidades obscenas, como sucesos no solo feos sino también inconvenientes.

Es muy difícil penetrar en el cerebro de un solitario, de un genio -valorado como un estudiante mediocre por sus profesores de Oxford- y por último casi disociado del cuerpo, como los ángeles y los bienaventurados. Y más si se aventura en la naturaleza del tiempo que para los griegos era periodo o eternidad (''jronos'' y ''aioon'') y ha estado dando guerra a los filósofos hasta alcanzar un nuevo auge con el existencialismo que queda patente incluso en los títulos de sus libros más característicos como ''Ser y tiempo'' (Sein und Zeit) de Heidegger. Sin embargo donde la aventura del cosmólogo inglés me parece más dramática es en el marco espaciotemporal de la filosofía kantiana, que concibe el Tiempo -igual que el Espacio- como una ''intuición pura'', una ''forma a priori de la sensibilidad''. Espacio y Tiempo son algo anterior a las cosas y pertenecen al ambito de la ''subjetividad pura''. Son las condiciones que pone el individuo para percibir lo que le llega de fuera. Aceptado ese principio, Hawking, desarraigado de la percepción sensorial por sus lesiones nerviosas, sería como un náufrago, mas no en el océano sino en las tinieblas del cosmos.

Menos mal que Einstein alumbró una tesis que Hawking ha profundizado, en que la curvatura del espacio-tiempo le libera de la subjetividad y le permite una existencia no sabemos si plena, pero lúcida, rica y esplandorosa de pura inteligencia desencarnada y angélica.

Darío Vidal

15/04/05

 

       Sólo espíritu (15/04/2005 21:15)