Hemeroteca:


Junio 2020
Dom Lun Mar Mie Jue Vie Sab
 
       

Publicado: 13/04/2005


 

TRABAJAR PARA EL ESTADO


''¿Y usted a qué se dedica?'' ''Yo trabajo para el Estado''. ''¡Ah, es usted funcionario!'' ''No, señor: soy contribuyente''.

No es un chiste. Es algo que podríamos responder usted y yo sin pizca de ironía si usted no es millonario. Trabajamos para el Estado y las grandes compañías de servicios que medran bajo sus auspicios. Y luego pretenden que asumamos el síndrome de Estocolmo y disculpemos y defendemos como un benefactor a esa máquina despiadada y gigantesca que nos aniquila (''Hacienda somos todos''). Una máquina miserable y cobarde que no se atreve más que con los ''pecheros'', los ''paganos'', los desgraciados que no poséen un aparato jurídico que los defienda como tienen las grandes empresas.

Si hablan con Miguel Delibes conocerán la existencia de los ceperos, los cazadores desaprensivos que no van al monte a por emociones sino a por carne: los habilidosos y despreciados plantadores o paradores de cepos. Pues, bien, nuestra Administración es una carroñera plantadora de cepos que no se propone la equidad, la transparencia y la justicia sino la eficacia de las trampas. Imagino que alguno de ustedes habrá pagado una multa a Hacienda por un descuido de 15.000 pesetas en la Declaración -perdonen que no me exprese en euros: es uno de los pocos gestos de rebeldía que puede permitirse un ser absolutamente indefenso-; que alguna vez habrán tenido que demostrar a Tráfico que tenían el coche en la revisión el día que le multaron en un pueblo de Teruel; que el lugar en que el Ayuntamiento está edificando un colegio es un huerto de su propiedad, y mil cosas parecidas. En el primer supuesto le dirán que efectivamente no se aprecia intención defraudatoria por su parte ya que 15.000 pesetas no llevan a ninguna parte pero ha caido en el pozo como en el Juego de la Oca y a espabilar. Después de mucho porfiar, puede que Tráfico no le pase el cargo tras haberle hecho mover como un dominguillo, pero no le dará ninguna satisfacción. Y el Ayuntamiento le dirá que haber estado atento y que si construían y nadie decía nada supusieron -es verídico- que ''no era de nadie''. De modo que trabajamos para el Estado no solo porque se queda nuestros exiguos beneficios sino porque nos vemos obligados a realizar la labor que tendrían que hacer sus funcionarios, cada día más numerosos y menos eficaces. O lo que es peor, demostrar que se han equivocado. Y lo mismo sucede con las grandes compañías.

Hace unos cuatro años Telefónica me cobró dos veces el mismo recibo. Reclamé y nadie se hacía cargo de nada. No hay direcciones postales, teléfonos, ni personajes identificables, de modo que las peticiones se pierden en el éter. No queda constancia de nada, lo cual es absolutamente irregular. Pero nadie lo ataja. Finalmente decidí recurrir a presidencia e inmediatamente me llamó una señorita malhumorada diciéndome que lo que denunciaba le parecía inconcebible. ''Pues imagínese usted lo inconcebible que resulta para mí -le dije- que, además, he tenido que pagar''. Por fin se resolvió todo, pero gracias al señor Alierta.

Ahora acaba de llegarme una notificación porque debo veintisiete recibos a una compañía de servicios. Eso significa que habré de dejar mi tarea para buscar los veintisiete endiablados papeles. Pero, al tiempo, he recibido un fajo de tasas de circulación de Zaragoza, ciudad de la que me fuí hace diez años expulsado por el cierzo, porque dicen que no dije que me iba, aunque según los indicios sabían dónde estaba. Y pagaré dos veces. Indefensión.

Darío Vidal

13/04/05

 

       Trabajar para el Estado (13/04/2005 13:39)