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Publicado: 12/04/2005


 

COMIDA Y FILOSOFÍA


Hablábamos ayer de la reciente inclinación a escribir recetarios y libros de gastronomía, siguiendo la estela del gran Álvaro Cunqueiro, Néstor Luján, Juan Perucho y Vazquez Montalbán entre otros, no por menos conocidos desdeñables, que han seguido la estela de Ángel Muro, Teodoro Bardají, Ignacio Doménech, Julio Camba, José Pla o el historiador de la cocina española Martínez Llópis, por no hablar de aquél devoto apostol de los manteles nacido un siglo antes en Compostela (1874), fiscal y juez municipal, periodista, político, espadachín, escritor, gastrónomo y alcalde de La Coruña que fué don Manuel María Puga y Parga, el célebre ''Picadillo'' autor de tantos libros.

Digo que se escribe mucho de cocina y vamos a ello, pero déjenme que les diga para justificar mis adjetivos de apostol y devoto al referirme al señor alcalde, que, según propia confesión, a los ocho años era ''el niño más hermoso'' de Santiago pues superaba los setenta kilos. Y su contemporáneo Luís Antón de Olmet, cuenta que un día apareció por la ciudad un circo alemán que exhibía al ''hombre más gordo del mundo'', lo que provocó la natural curiosidad, así es que todo el mundo acudió a ver la atracción de la Feria. Pero el pobre gordo salio del encierro a pitidos. Aquel gordo no era gordo ni era nada. Ellos sí que podían ver a uno verdadero en su propio alcalde, sin necesidad de pagar un céntimo. Porque es que don Manuel María pasaba 275 kilos, y una vez que se puso a régimen severo y mal humor no logró descender de 225.

Lo cierto es que ''Picadillo'' pasó parte de su vida dedicado a adelgazar pero cabe suponer que tanto esfuerzo para tan magro resultado debió desalentarle y contrariarle. Debe ser cierto lo que suponían algunos de los tratadistas del Siglo de Oro. Debe ser cierto que aspirar con fruición el aroma de los guisos, engorda. Ese fué el drama de bodegueros, posaderos, queseros, vinateros, panaderos, cocineros y otros artesanos beneméritos, en opinión de la legión famélica de sopistas, buscavidas y pícaros que andaban a la gandaya por la anchurosa y desnutrida España. En cuaquier caso, aun a estas alturas resulta sospechoso un gastrónomo flaco o canijo, porque no parecen atributos propios de los amadores de la vida.

Ignoro como anda de perímetro abdominal el profesor Muñoz Redón, aun que los filósofos raramente son obesos. Parece que salvo en el caso de los epicúreos asociamos el ejercicio del pensamiento a gente magra, ascética, frugal y contenida, aunque él nos descubre el gusto por la cocina de hombres tan austeros como Kant. Su última obra, que ha obtenido el Premio Sent Soví 2004, instituído en momoria del autor de un recetario catalán de principios del XIV, se titula ''La cocina del pensamiento''. Un ensayo original que concilia las ideas de los sabios con recetas de cocina, a su juicio complementarias, pues del mismo modo que la gastronomía es el arte de condimentar los alimentos para producir felicidad y el erotismo la habilidad de aliñar bien el amor, la Filosofía es según él ingenio de cocinar ideas para obtener preguntas. Y de ese modo nos deleita con platos socráticos, pitagóricos, platónicos, kantianos, volterianos, heideggerianos, sartrianos y hasta sadianos y roussonianos. Un buen menú para los curiosos, los aguijoneados por la cultura y los ''lletraferits'' como dirá el autor.

Darío Vidal

12/04/05

 

       Comida y Filosofía (12/04/2005 22:23)