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Publicado: 11/04/2005


 

MANJARES


Es significativo que cuando decimos no tener tiempo para comer, y no diré para cocinar; cuando perdemos la capacidad de discernir la calidad de lo que comemos, y los alimentos conservan apenas la forma tras haberles privado del aroma y el sabor, nos abandonemos a la frustración del ''voyerismo'' coquinario y probemos a contentarnos con la observación de la cuatricromía de los guisos en papel ''coucheé'', que es como una suerte de pornografía gastronómica de lo verás pero no lo catarás.

Cuando los años no permiten dar escape a sus deseos, los atrevidos ''viejos verdes'' miran con lascivia tamizada de ternura e inocencia -como viejos leones desdentados- a las gráciles muchachitas en flor que cruzan presurosas ante la terraza del bar vetusto, con sus blusitas al viento de la primavera y los ceñidos pantalones bajo los que el tanga permite alentar la fantasía del desnudo. Todo pura ilusión. Evocación nostálgica de la comida sabrosa de otros tiempos, como las sopas inimitables de la abuela y los guisitos de mamá, tan aromáticos, tan exquisitos, tan deliciosos, y que nuestras mujeres jamás se avinieron a preparar porque decían que solo faltaba. Ahora nuestros hijos traen, cuando quieren obsequiarnos, una ''pizza'' más grande cuanto más amor quieren mostrarnos, que solemos recibir con ''una furtiva lacrima'' que ellos interpretan como de gratitud -que también-, pero que es sobre todo de nostalgia y desamparo.

Ahora mismo, dos de los periódicos de mayor difusión, nos ofrecen sendas colecciones de recetarios. El uno aporta la tradición de cada autonomía y el otro el exotismo de los países próximos o pintorescos, con componentes, productos, especias y condimentos dificilmente encontrables aquí. Y algunas veces sugieren sucedáneos. Mas no importa. Jamás hemos tenido un encuentro con una javanesa, una tahitiana, una japonesa, ni una vietnamita, y la fantasía, que es libre, puede hacernos imaginar las experiencias más ardientes.

Puestos a sucumbir a la nostalgia, la Comunidad de Castilla-La Mancha ha creado circuitos, itinerarios, menus y degustaciones cervantinas, quijotescas y manchegas, en las que, haciendo de la necesidad virtud, proclaman como excelsos los parvos condumios de una época más pródiga en hambres que en hartazgos, y en comidas sólidas si las había más bien poco variadas ni exquisitas. Aunque benditas sean como nuestras, siempre que no saltemos la frontera de lo conveniente y nos cubramos de pueblerina complacencia que es tanto como anegarse en ridículo. De momento, además de artículos sobre el asunto en un montón de publicaciones y de números monográficos en revistas especializadas, ha aparecido que yo sepa ''A la mesa con Don Quijote y Sancho'' de Pedro Plasencia que se ha unido a la segunda edición de ''La cocina del Quijote'' que publicó en 1994 Lorenzo Díaz con notable éxito.

No he iniciado la lectura de la primera, pero es que un amigo italiano acaba de obsequiarme con un ''lardo di Colonnata'' el delicioso ''blanco en salazón'' curado con hierbas de los Alpes Apuanos según una fórmula secreta que ahora todos quieren imitar, junto con un libro de recetas elaboradas con su tocino y la historia de este pueblo de marmolistas próximo a Carrara. La gloria de la cocina reside a mi juicio no en lo espectacular sino en la sutil diferencia entre el tocino ibérico y, por ejemplo, un ''lardo'' de Colonnata.

Darío Vidal

11/04/05

 

       Manjares (11/04/2005 21:16)