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Publicado: 10/04/2005


 

VENDAVAL


Después del hielo, la nieve y el frío, está barriendo la Península como la expresión viva de la desolación, el aire desbocado de las láminas de veleros desarbolados que tanto nos impresionaron de niños. No es el céfiro suave literario y primaveral que atenúa los primeros rigores del sol con su tonificante caricia, ni la brisa femenina, sosegada, dulce y constante que nos trae en ocasiones el perfume del mar, sino el viento desgarrado, el airote impertinente, la ventolera loca, el ventarrón profanador y sacrílego que hizo volar los solidéos y las tiaras de sus eminencias en la Plaza de San Pedro, y levantó irreverente las albas, las casullas y las capas de la Curia pontificia en los funerales del Papa.

Un viento devastador ha cruzado pugnaz durante dos días, a oleadas como los invasores, la quebrada superficie de las Españas. Y uno que da a veces en la manía de abismarse en cuestiones inútiles supone que el viento es el más inútil y estúpido meteoro de cuantos nococemos. No me hablen de anticiclones, isobaras, y gradientes térmicos. Sí, cuando el aire de un territorio se calienta y se dilata, asciende como un globo, y el aire convertido en viento acude de todas partes a cubrir su vacío. No es dificil de entender. Mas ese es el por qué y yo me pregunto el para qué. No me tengan por demasiado patán pero no acierto a explicarme de qué sirve esa fatua aparatosidad wagneriana. Y eso que no he padecido un tornado, ni Dios quiera que lo cate en lo que goce de vida, que tal experiencia debe ser como presenciar un cataclismo. Me refiero solo al venial torcedor de postes, volador de vallas, podador de ramas y sobresaltador de distraídos, no al devastador airote de los trópicos. Pero con este basta. No me vengan con la bucólico cuento de la polinización, de la colonización de islas lejanas por las simientes volando a través de los océanos y otras monsergas. Si los territorios invadidos no tienen fantasía para inventarse árboles y frutos, que no los tengan.

Vivo desde hace un tiempo en la senda de todos los vientos, y tengo para mí que los moradores de esta tierra tienen cierta tendencia al desvarío. Que están grillaos como las cabras. O los gatos. Los gatos de estos predios enloquecen los días de viento y surgen súbitos como un mal pensamiento de cualquier lugar, alados como alma que lleva el diablo y con el perverso propósito de matar de un susto o un infarto a los cristianos a los que se les enredan entre los pies, les golpean por la espalda, o se les cuelgan del cuello con las garras crispadas.

La única ventaja que tenía en otros tiempos, cunado todo era tan difícil, es que a las chicas les alzaba las faldas, y les daba pretexto también para abrazarse a tu brazo, gratificando el sentido del tacto con la firmeza de dos sorpresas tibias por temor a perder suelo o al súbito sobresalto de los gatos.

Darío Vidal

10/04/05

 

       Vendaval (10/04/2005 23:58)