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Publicado: 30/03/2005


 

EL FRAUDE DE LA MIRADA


En unos años hemos perdido tres sentidos: el olfato, el paladar y el tacto. Y la cosa no promete remitir porque dicen los entendidos que está aumentando el umbral de percepción sonora a causa del endiablado ruido a que estamos todo el día sometidos y a la cantidad de decibelios con que los más jóvenes castigan sus oídos en sus momentos de asueto. Hay automóviles que no dejan notar su paso por el rumor del motor sino por los puñetazos acompasados que sus baffles propinan a nuestro estómago. O sea que nos quedaremos con la vista, que tal vez es el sentido menos fiable. Y nos reducimos a la piel de lo superficial; al ámbito de la pura apariencia.

Es difícil discernir si lo que llamamos cultura audiovisual ha surgido por el descrédito de los otros sentidos, o si la aparición de la imagen y el sonido en la industria de la comunicación y del ocio, es la que ha devaluado los otros sentidos con que percibimos la realidad, pese a que los investigadores saben que los olores suscitan emociones muy profundas asociadas al recuerdo. Pero basta con que la mirada nos dé una imagen satisfactoria de lo que observamos.

El otro día compré un juego de cuchillos aparentemente artesanos en el viejo bazar de un pueblo pintoresco llevado también por la ilusión de la vista y lo amable y auténtico del paraje. No cortan. Un somero recorrido por el filo no me descubrió el fraude y el aspecto tosco y eficaz de aquellas herramientas no me permitió dudar por un momento. Pero eso no es todo. Hay cucharas que se doblan sin el concurso de Uri Geller, prendas que chisporrotéan cuando nos las quitamos, toallas que no secan, azucar que no endulza, colonias que no perfuman y flores que no huelen. Si alguien pretende enseñar a un niño como olían las violetas o las rosas tiene que recurrir a un ambientador. ¡Cómo han de hacer miel las abejas, cuya población ha descendido en España a la mitad! Pero vayan a una tienda de alimentación y hallarán miel de cien marcas y mil flores, o por lo menos unas sustancias ambarinas y melosas etiquetadas como tal.

Entrar en una frutería era antes una experiencia tentadora en que porfiaban los olores del melocotón, los albaricoques, los higos, las cerezas y el melón. Eso no importa ahora: lo que cuenta es que los melocotones sean del mismo calibre, que es la denominación castrense que los comerciantes dan al pacífico tamaño, que los higos estén alineados y los melones sean iguales. ¡Quién piensa en algo tan vago e inútil como el sabor, si ya nada sabe!

Un ganadereo conocido quiso vender dos terneras que se había reservado para leche. Las cedió a unos amigos porfiando a la baja porque nadie las quería. ''Claro que la carne es excelente, pero la clientela la quiere sin color porque cree que la ternera es blanca''. Lo mismo pasa con el pollo, al que no se admite el tono sonrosado aunque nadie se opone a que lo atiborren de hormonas. Eso no se ve. Un allegado ha prohibido las gallinas en su casa desde el día que regalaron al menor de sus hijos un pollito amarillo y vivaz con el que todos se encariñaron, hasta que comenzó a crecer, a perder el plumón y las plumas, y a tornarse un monstruo adiposo y repugnante, al que desbordaba la celulitis formando bolsas informes. El día que se le rompio una pata lo hicieron matar para tirarlo entre el desconsuelo general. Eso por no hablar de las especias y el llamado ''colorante alimentario''. Convendría que cerrásemos los ojos hasta que aprendiésemos a juzgar con los otros sentidos.

Darío Vidal

30/03/05


 

       El fraude de la mirada (30/03/2005 17:29)