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Publicado: 29/03/2005


 

MATAR AL TONTO


Al desmontar las tiendas y armar sus carromatos para continuar camino adelante, los feriantes que han acampado estos dias de Pascua Florida en la ciudad pacense de Jerez de los Caballeros han hallado escondido y muerto entre los faldones de lona y los vientos, los engrasadores, los cubos de basura y los tendederos, al inocente ''tonto del pueblo'', el manso expiador de las limitaciones y las torpezas de los mozos ''listos'' y despiadados de la dura España rural del subdesarrollo, que suponíamos para siempre redimidos de la crueldad por la compasión y la cultura. Pero Caín ni duerme ni aprende.

Han encontrado al ''tonto'' al que no se veía desde hace unas fechas, hecho un ovillo como para protegerse, acurrucado como un animal perseguido, cubierto de sangre, con la cabeza hendida a cantazos y una gran piedra manchada a su lado. Allí entre las ásperas cortinas de lona, no saben aún qué día, agonizó en desamparo, silencio y soledad, el justo que no hizo mal, como una metáfora cruel del Jesucristo que resucitaba este Domingo de Pascua, para dar testimonio de su humano fracaso ya que la fiera humana no tiene redención. Ni merece que nadie la perdone ''pues -como decía el Segismundo de Calderón- el delito mayor del hombre es haber nacido''.

Después de tantos siglos inútiles, de tanto tiempo de estéril aprendizaje de la fraternidad y la cultura, permanece vigente el mandato instintivo de la especie que impele a los más fuertes a aniquilar a los débiles, los enfermos, los tarados y los no-útiles, con los que hay que compartir los alimentos y constituyen un lastre para el desplazamiento y la movilidad de la tribu. Surge la sórdida exigencia de dar muerte mediante el rito salvaje del asesinato por lapidación al disminuído de la tribu. La necesidad de matar al perdedor para alejar el fantasma del fracaso que todos llevamos dentro, desde Colón que pensaba haber llegado a Asia -Las Indias Occidentales- por el lado opuesto, o Cervantes que creía justificada su existencia por el Persiles y la Galatea mientras menospreciaba el Quijote como un puro entretenimiento de presidiario, o Churchill que hubiera deseado ser diplomático, o Franco que no logró cumplir su sueño de ingresar en la Academia Naval para graduarse como marino de guerra.

Dulce final el de la muerte sin mancha. Y triste fin el del inocente de mente brumosa y confusa, perplejo por una agresión que no comprende, por una contumacia que no se explica, por una ira que desconoce, por una crueldad de que es incapaz, por una brutalidad que no acierta a relacionar con sus errores. Dios lo haya acogido en su paternal y tibio abrazo, y repudie a los cobardes -pues como tales fueron más de uno- que le dieron tormento hasta la muerte y le vieron llorar y envolverse en los brazos para mitigar el castigo, y cómo le levantaban la piel con los golpes, y se le empapaba el cabello con la sangre que hacían brotar, y le oían resollar, y gemir pidiéndoles piedad sin despertar su compasión, porque querían matar en él la propia crueldad, la estulticia y la perfidia, la cortedad, la torpeza, la mezquindad, la cobardía, la simpleza y la depravación propias, nauseabundas, despreciables, inhumanas e imperdonables.

Matando al ''tonto'' no han sacrificado al chivo expiatorio para borrar en él sus culpas como creían sino que han cargado sobre sí toda la impiedad y la ignominia de su crueldad en pugna con la inocencia.

Darío Vidal

28/03/05

 

       Matar al tonto (29/03/2005 20:12)