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Publicado: 27/03/2005


 

DEUDAS DE LECTURA


Debo reconocer como una causa perdida que me sonroja mi deuda con Oswald Spengler. No, no lo conocí. Ni lo dejé plantado. Pero la asidua lectura de Ortega me hizo apetecer ''La decadencia de Occidente'' que adquirí con beata reverencia en mi época de primero de Filosofía, la época inolvidable de Manuel Sacristán y José María Valverde que tanto me inquietaron y despertaron aunque ambos veían ya a don José, tan estimulante para mí, como un antepasado. Ahora dicen que el filósofo alemán está ultrapasado pero no puedo opinar porque nunca lo leí. Lo guardé como un premio para las vacaciones y lo seguí postergando una y otra vez después de hojearlo, pasear la mirada por el índice y dejarme cautivar por su apetitoso contenido. Lo tengo ante mi y veo entre los otros el lomo cuando escribo, pero sé que es tan inalcanzable como aquel viaje a las Seychelles que un día acaricié, cuando un ''tsunami'' imprevisto, feroz y apocalíptico, aún no las había barrido para mi generación.

El caso es que ha pasado otra Semana Santa con su cúmulo de propósitos y proyectos, tal que si fuera inacabable, y Spengler ha seguido durmiendo en su anaquel acreciendo mi sentimiento de fracaso y de culpa. Digo yo que un día habré de acometer su lectura como quien cumple una promesa, para que no me atormente toda la eternidad. Aunque es posible que con esas cosas suceda como con todo lo largamente deseado, que es peor lo vivo a lo pintado pues siempre lo que imaginamos supera a la realidad y hay autores que solo se sustentan en el fulgor de unas frases luminosas, mil veces repetidas y jamás leídas, hasta convertirlas en anónimas como el camino al andar de Machado. Frases que descubren contenidos sutiles y profundos, o encubren obvias tautologías insustanciales que terminan fatigando a poco que se desbrocen.

Otras veces esas deudas de lectura tienen que ver con otro género de carencias. Por ejemplo, nunca leí el Quijote apócrifo de Avellaneda, que a nadie se le ha ocurrido publicar en este cuarto centenario del original, como elemento nada desdeñable para entender la segunda parte, que el Manco Sano escribó ''para dar a don Quijote finalmente muerto y sepultado porque ninguno se atreva a levantarle nuevos testimonios, pues bastan los pasados y basta también que un hombre honrado haya dado noticia de estas discretas locuras sin querer de nuevo entrarse en ellas''.

Tampoco he leido en una edición fiable los Vedas hindúes. Ni el ''Inno a Satana'' de Carducci el maldito, que un día hallé por fin y, sin terminar de leerlo, me desapareció misteriosamente para siempre. Como esos volúmenes raros hallados en las casas de lance que nunca encontramos en el estante en que los dejamos al llegar a casa. Se trata de esos libros tránsfugas que nos pasamos la vida buscando y dudamos haber poseído. Libros con vocación de desaparecidos. Por ejemplo, no termino de leer ''La curación por la palabra en la antigüedad clásica'' de Laín Entralgo porque me lo topo cada dos o tres años. Y otros es una fiesta hallarlos como el ''Diccionario de voces españolas geográficas'' de la Real Academia de la Historia, que debo a la gentileza del profesor Joaquín Escuder Viruete y que guardo siempre tan bien para no perderlo que no lo encuentro nunca. Yo puedo asegurarles que mi biblioteca es un espejismo, un mero decorado, un trampantojo. Nunca hallo lo que busco.

Darío Vidal

27/03/05

 

       Deudas de lectura (27/03/2005 18:34)