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Publicado: 23/03/2005


 

LA AGONIZANTE DE TAMPA


A mí que me perdonen, pero el espectáculo de los melindres hipócritas y la pudibunda impudicia de los anglosajones me parece un espectáculo repulsivo. De algunos anglosajones quizás, estoy dispuesto a admitirlo, pero no rebajo en nada mi rechazo. Eso de magnificar los sucesos y exponerlos en la plaza pública para mostrar piedad y compunción colectiva, cuando tan poco inclinados son a la compasión y la lástima, me parece una obscenidad. La almibarada compasión por la mujer que lleva quince años agonizando irreversiblemente en Tampa, no se aviene con la frialdad con que esa sociedad es capaz de condenar a muerte a un adolescente, a un loco o a un retrasado mental, y la impavidez con que acepta las torturas a los inmundos prisioneros de Abu Ghraib y Guantánamo, o justifica la agresión a otros paises por causas inventadas, aunque siempre tercermundistas y desarmados desde luego, sin vacilar a la hora de aniquilar por procedimientos atroces a la población civil, tan indefensa por lo menos como Terri Schiavo pero más inocente porque no vota, más hambrienta y más desatendida.

No voy a entrar en la pugna macabra de unos y otros, para adoptar la postura de los que sugieren seguir alargando artificialmente por más tiempo la vida de la agonizante de Tampa, o la de quienes proponen desconectarla para que muera de hambre y de sed. No desearía estar en el papel de unos u otros. Pero este dilema atroz se debate y resuelve todos los días en miles de hospitales del mundo, en la discreción de un cuarto blanco, frío y anodino, con dolor y entre sollozos sin hacer de ello un espectáculo. La vida tiene trances espantosos, humanas situaciones inhumanas, dolores inasumibles y sobrehumanos, momentos que nos marcan para el resto y nos roban la sonrisa para siempre.

Es entendible que quienes la contemplan con la mirada perdida pero los ojos abiertos y una espeluznante media sonrisa de muerta, se resistan a darse por vencidos. Puede comprenderse también que otros se nieguen a condescender con un futuro sin consciencia ni esperanza. Lo difícil de explicarse es que un suceso doméstico, trágicamente doméstico pero que se repite cada día -y muchas veces en los hospitales de los paises agredidos-, escale a las primeras páginas de los periódicos como un suceso excepcional, movilice a los expertos y los jueces, y mueva a George Bush, el promotor de dos sangrientas guerras sin pretexto, el inspirador de diabólicas prisiones, el denegador de miles de indultos y firmante de más de un centenar de condenas a muerte durante su gobernación de Texas, a interrumpir sus vacaciones para firmar apresuradamente una ley que consienta un último recurso a los padres de Terri Schiavo con objeto de permitirle que siga agonizando.

Hay cosas que no se entienden. Sobre todo cuando caen en manos de la hipocresía política, como la paciente de Tampa y las manipuladas víctimas del terrorismo en España.

Darío Vidal

23/03/05

 

       La agonizante de Florida (23/03/2005 16:39)