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Publicado: 22/03/2005


 

EL CHICO DE MINNESOTA


Como en 1999 en Columbine ha sucedido ahora en Minnesota. Es espantoso pero no inconcebible. Mayores y chicos llevan por la calle armas de fuego como quien lleva unos patines, una tabla de surf o una raqueta de tenis, con solo acreditar que las han pagado. Imagino el gozo que debe procurarles acariciar un arma porque yo siento por ellas una rara fascinación cimentada en las viejas novelas del Oeste, ''El Coyote'' y ''Mac Larry''. Pero hay que reconocer honestamente, aunque la Asociación Nacional del Rifle de EE.UU apoye el derecho de los americanos a portarlas, que esos precisos e ingeniosos artilugios fueron concebidos para matar. Y si no se pretende matar no hay que llevarlos.

Un alumno de diecisiete años que había advertido varias veces de que un día los mataría a todos, ha penetrado en su instituto con varias armas y después de matar al guarda de seguridad que había en la puerta, ha entrado en su clase disparando. Allí han muerto la profesora que estaba dando la clase y cinco condiscípulos mientras dejaba trece heridos. Y cuando advirtió que acudía gente alarmada por los disparos, se ha suicidado. Al acceder a su domicilio, la policía encontró los cadáveres de su abuelo y la señora que vivía con él. Aquello había sido el preámbulo, pero no sació ni su sed de venganza ni la catarata del odio.

Fatiga repetir tantas veces la apelación constante no ya a la violencia sino al crimen que se nos hace desde la televisión y el cine, la agresividad inducida por la música agria, irritante, rabiosa e iracunda, las descorteses maneras de las gentes y la exaltación de la estética marginal en el vestir. Ayer oía el testimonio de ''un gachó, tío, que había estado enganchao al caballo, joer, tío, porque los chavales tienen que entretenerse en algo, ostia, y teníamos pasta, que nos la currábamos y no sabíamos en qué gastarla, tío, y empezamos con la mierda y ya ves. Que yo no digo que la droga esté mal, que está ahí, pero es una cosa más, tío, y no hay que estar pensando siempre en ella''.

Mas no se trata de eso. Que también. Lo del chico de Minnesota rebasa según pienso la anemia imaginativa de estos adolescentes desorientados y no puede explicarse solo por la carencia de opciones que les ofrece la sociedad para dar cauce a la humana necesidad de trascenderse. No me propongo hacer una homilía pero la aspiración de las personas no puede quedarse en ''tener que entretenerse en algo''. Es cierto que hay chicos magníficos como los ha habido siempre, en las ONG y el voluntariado, pero es urgente dar salida a la pasión y la energía de estos otros que podrían enriquecer también a sus iguales puestos en otra tesitura.

Lo malo es que abandonados a sí mismos desde niños y marginados en la soledad -ahí están los desajustes y las deserciones familiares que nos alcanzan ya- esos chicos que se reconocen como prescindibles para todos, que saben que no tienen lugar en ningún sitio ni cabida en otro corazón, se aislan en sí mismos, aborrecen a los dichosos, se anegan de resentimiento, se envenenan de rencor, juzgan a los demás usurpadores de la atención que merecen, rechazan al mundo, desprecian a los otros y se odian hasta la aniquilación. Su cólera no se extingue matando al objeto de su aborrecimiento, porque el odio es ya más ancho que sus causas. Es un odio universal, inextinguible, despiadado, invasivo y total que les empuja a matar, matar, matar.....para acabar con todo.

Darío Vidal

22/03/05

 

       El chico de Minnesota (22/03/2005 19:49)