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Publicado: 21/03/2005


 

LEVAS DE SUICIDIO


''La vida no nos ha dado nada''. Esta es la queja que ha concertado las voluntades de los tres hombres que se citaron en la casa rural de Lober de Aliste en Zamora para quitarse la vida.

Nunca se sabe lo que pasa por la cabeza de un mortal, ni siquiera cuando lo que pasa es la propia muerte, pero me parece inconcebible que alguien alegue la vulgaridad del pasado para negarse al futuro. Porque no se han quejado de fracasos, de desgracias ni sufrimientos sino de la irrelevancia de un existir insatisfactorio. No creía que la biografía, la historia y el tiempo ido, pudieran inducir a quitarse la vida. Siempre pensé que las causas de tan funesta decisión eran más bien la carencia de futuro, la falta de expectativas, la ausencia de proyectos, en una palabra la mengua de ilusión por el tiempo que viene. No parece que impulse a nadie al suicidio descubrir que no sabe por que ha vivido, sino no tener por qué vivir. Algo que debería hacer reflexionar a los políticos. Eso al margen de la naturaleza contagiosa del suicidio como comprendieron nuestros bisabuelos con las desventuras del jóven Werther, nuestros padres con los ''kamikazes'' japoneses, y nosotros con los asesinos suicidas islamistas. Un proyecto tan repugnante para la razón como el de privarse voluntariamente de todo proyecto, es capaz de alzar levas de suicidas y en tiempos del Glorioso se prohibía la información de estos sucesos para evitar su ''efecto llamada''.

Hace muchos años, cuando éste era un país con pocos automóviles y muchas carencias, con pocas titulaciones y muchas caballerías, con pocas oportunidades y muchas ganas de reír, que vivía sumido en una perpetua Cuaresma de las de antes, y a los hombres se les saltaban los ojos golosos al ver a las turistas destapadas con biquinis, la gente se sorprendía mucho al saber que se suicidaba tanta gente en los países nórdicos, que eran para nosotros la cifra de la perfección, la felicidad y la opulencia.

Aventuraban que sus vidas carecían de atractivo porque se hallaban encauzadas desde la escuela sin opción para elegir, descubrir, explorar, escoger y equivocarse. Eran sociedades tan perfectas que sus ciudadanos no eran libres. Ellos sabían dónde se colocarían de acuerdo con el aprovechamiento de su aprendizaje y las notas de sus estuios, cuánto irían cobrando con los años y qué percibirían a su jubilación. El único escape para la fantasía era la elección del paisaje de las vacaciones: toda la sorpresa y la aventura se concretaba a unas semanas al año.

Pues bien. Hemos alcanzado aquel ansiado estatus, con la diferencia de que aquí nadie garantiza el empleo ni asegura el futuro. Y eso no estimula a vivir precisamente. Los tres conjurados para morir no tenían problemas personales ni afectivos, ni carecían de trabajo. Eran un arquitecto, un ingeniero y un directivo de empresa. Los han llevado a tres psiquiátricos distintos para estudiarlos y dicen que no existe una patología que explique su comportamiento.

¿Qué nos sucede? ¿Por qué no somos felices como cuando éramos pobres ni capaces de idear cualquier actividad como una aventura?

Acaso es que antes se lograba todo con esfuerzo porque costaba más de lo que valía y estábamos tejidos de esperanza. Y puede que hoy hayamos perdido la paciencia y olvidado el arte de desear.

Darío Vidal

21/03/05

 

       Levas de suicidio (21/03/2005 21:33)