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Publicado: 18/03/2005


 

TORPEZA O VILEZA


Es más difícil hacer que deshacer, más complicado recomponer que destruír. Construir demanda sabiduría, inteligencia, esfuerzo, constancia y tacto; destrozar no exige nada. Un niño travieso es capaz de hacer añicos la delicada porcelana china de la dinastía Ming que compramos en aquel anticuario, de un solo manotazo, y un terrorista analfabeto puede acabar en un instante, sin ningún esfuerzo, con la vida del estudioso que más sabe del Quijote o el científico que investiga la enfermedad que pudo con su madre y acabará con él.

Horas de sacrificio callado, días de esfuerzo silencioso, años de trabajo constante pueden echarse a rodar por una torpeza imperdonable o un impulso vil. Y estamos contemplando con desolación y desaliento cómo se resquebraja el edificio que levantaron con no poca cordura y encomiable generosidad, los políticos de la Transición. Empezando por el texto constitucionnal, tan trabajado, trabajoso y consensuado para que nadie se quedara o se considerase fuera.

Todo eso fué difícil y costoso. Lo fácil es darle gusto al cuerpo y quitar la estatua ecuestre de Franco por ejemplo. Pero ese es poco patrimonio para un mal testamento. No es posible tapar la incompetencia ni ahora ni mañana derribando estatuas. Hay que hacer otras cosas además.

No se me oculta que muchos microcéfalos de los que tantas veces han ensangrentado la Historia de España, desde uno u otro bando, porque ''joden con la cabeza y piensan con los cojones'', me señalarán de facha y de franquista. Es un recurso fácil para no hacer autocrítica. No voy a excusarme por cuanto no me atañe. Tengo muertos a ambos lados de las alambradas como tantos españoles y nunca incliné la cabeza ante el General. Ni de niño me pusieron jamás la boina y la camisa para ir a campamentos, ni me condecoró nunca por relatar sus viajes, al revés que a otros colegas. No le gustaban mis crónicas.

Desde esa independencia opino ahora que desmontar la estatua ecuestre de Franco en los Nuevos Ministerios -aunque no hubiera sido por la noche y a escondidas- es una descomunal torpeza o una vileza envenenada que no puede contribuír más que a generar tensiones entre los que nos habíamos olvidado de que estaba allí -aunque tal vez no nos gustase- y los que juzguen su desaparición como una afrenta. Una afrenta innecesaria. Bastantes cosas tenemos por resolver, para entretenernos poniendo palos entre los radios de las ruedas. Por ejemplo, me parecería un gesto más gallardo no amedrentarse ante Ibarratxe y Carod y decirles claramente dónde se halla el límite, que mostrar tanta arrogancia ante la estatua de un muerto. Me da a mí que nuestro altivo Zapatero alzó muchas veces el brazo para que se le airease el sobaco, si entonces era tan servil con quien mandaba como lo es hoy con los que le sustentan.

Si no queremos que este país se nos rompa en las manos, el partido socialista habría de sustituir a su líder. Quien gobierne ha de hacerlo para todos. Desde el momento en que son elegidos, los presidentes no pertenecen al partido sino a la nación. Un estadista se crece ante ese reto y ese honor. Pero de eso mejor es no hablar. Es dificil hacérselo entender a un ''gregario'' del pelotón, a un tipo de vuelo gallináceo que no ha hecho otra cosa en sus años de congresista que pulsar el botón para dar el voto. No pensaba cuando menospreció la bandera americana que le iba a caer la presidencia. Y esa es una sorpresa de la que no se repondrá en la vida.

Darío Vidal

18/03/05

 

       Torpeza o vileza (18/03/2005 17:23)