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Publicado: 16/03/2005


 

NO ME CUENTE NADA


¿Se acuerdan de que cuando rompíamos el jarrón del comedor corríamos a la puerta de casa al oír entrar a la mamá para asegurarle que no habíamos roto nada? Y cuánto nos desconcertaba con su perspicacia preguntando que cómo sabíamos que se había roto algo. ''Es que ha sido él'', decía el enano. ''¡Y por qué no te metes en tus cosas, alcahuete! ¡No hagais caso a nada de lo que os diga!''. Pasados los años, alguien se interesaba: ''¿Has recogido las notas de Matemáticas?'' No. ''¿Tampoco has mirado las listas?'' No, no. ''Yo tengo que pasarme por la Facultad. Si quieres las veo y te las digo?'' ¡No, no, no! O aquello otro de: ''¿En qué compañía tiene usted asegurado el chalet? ¡No me diga que no; es una imprudencia terrible! ¿Sabe lo que le ha sucedido a...?'' No, por favor. No me cuente nada. No quiero saber más. No soporto ya más tensión, más miedo, más advertencias y más estrés.

Así han cerrado la Comisión de investigación de los atentados del 11 de marzo de 2004. Cuando peor olía todo y se habían descubierto tramas negras, conexiones sorprendentes, vínculos entre traficantes y policías, ocultación de información, escamoteo de piezas de convicción, y denegación de declarar a algunos testigos principales, el partido del Gobierno dice que ya sabe suficiente, que apaguen las luces y desalojen; que no quiere saber más; que no le cuenten nada. ¿Por qué, si entonces no gobernaba? ¿Qué teme? A lo mejor sabe quién rompió el jarrón. El argumento pueril de que la Comisión de Investigación ha durado demasiado es risible. Se tarda a esclarecer las cosas, lo que se tarda. Ni un minuto menos. El propósito de las averiguaciones no es que se acaben en un plazo fijo, sino que disipen el misterio. Y si se clausuran cuando comienza a atisbarse la senda, no es exagerado calificar tal decisión como un fraude. Los más jóvenes dirían que les mosquéa, y nosotros no, porque hablamos de otro modo. Cuando un partido u otro, o todos a la vez -que de todo ha habido en la viña del Señor-, se oponen a abrir una investigación o se apresuran a cerrarla, es porque ya sabe lo que los otros quieren indagar, pero no desea que los demás lo averigüen. Ya ven lo que sucede con la 'omelette soufflée' del barrio barcelonés del Carmelo, que gracias a Dios no fué más 'omelette' porque no cogió a ningún cristiano debajo. ''¡Que nadie se mueva, que aquí no ha pasado nada!'' Y luego les escandaliza que hablen de 'omertá'.

Bien, el caso es que el partido en la oposición acaba de manifestar por boca de Zaplana que no puede suscribir la conclusión de las indagaciones porque han sido desestimados los testigos que proponía, algunos de ellos de capital importancia. Y eso es como tapar un absceso purulento sin tratarlo ni sajarlo. Aunque se oculte, no se cerrará. Y el portentoso talante componedor -cediendo siempre-, del presidente del Gobierno, no resuelve sino que aplaza la resolución de los problemas diciendo a todo ''si'' mientras éstos engordan. Si no los afronta día a día, le estallarán -nos estallarán- todos de golpe. Pretende negociar con ERC un pacto fiscal para Cataluña, incluso en perjuicio de otras Comunidades de su propio partido; los funcionarios de Justicia van a ir a la huelga, y el déficit por cuenta corriente creció un noventa por ciento en los últimos doce meses, lo que supone casi el cinco por ciento del PIB. Y a las familias de los muertos y los heridos del crimen de Atocha no les sirve lo de ''no me cuente nada''. Aunque lo diga Peces-Barba.

Darío Vidal

16/03/05





 

       No me cuente nada (16/03/2005 20:34)


 

AYALA, UN AÑO PARA UN SIGLO


Mañana cumplirá noventa y nueve años uno de los más grandes escritores españoles de este siglo. Uno de los personajes míticos de la Contienda; uno de los derrotados -que lo fueron todos y los que vinimos- que vivió, sufrió y sobrenadó el exilio dando testimonio de una España que mereció mejor suerte.

Francisco Ayala, artista de verbo translúcido y fluyente, es uno de esos escritores que dejan sin aliento no por la pompa, inexistente, de su escritura, que es mansa como un arroyo, sino por su hondo saber y su verdad. Como en un gran poema, no sobra en su texto una palabra. En una obra de arte que lo sea, no falta nada ni sobra un ápice. Y todo parece necesitarse, explicarse, complementarse y justificarse con todo lo demás. Francisco Ayala no necesitaría haber escrito su obra para ser un gigante; hubiera bastado con uno de sus libros, aunque mejor es que no hayan faltado los demás, porque con cada uno alcanzamos mayor goce. El goce de un clásico en el sentido ancho, hondo y solemne, que asienta su escritura en una radical españolidad sin pudor y sin complejos y le hace vecino de Quevedo y de Cervantes desde una modernidad intemporal como la de Lázaro de Tormes y una universalidad que lo acerca a todas las culturas.

Al lado de este veterano escritor reciennacido, que hace el español tan fácil y tan llano, tan rico, tan expresivo y tan sencillo, siente uno vergüenza ajena de tantos ''nobel'' de provincias que oponen a una solidez tan consistente, tan desmedida ambición, tan arrogante incultura, tan improvisado adiestramiento y tan impertinente impaciencia -deprisa, deprisa, deprisa- propios de los genios de pronto, de los descubrimientos de certámen, de los hallazgos de premio, de las ofertas de márketing, de los autores de un solo libro, de ''los usurpadores'' en fin, y de tanto alfeñique y mequetrefe de tertulia de la radio, que no se sustenta sino en la intriga.

No es cosa de la edad sino de la excelencia. La solidez de Francisco Ayala no es achaque de los años sino privilegio del saber, por eso nada en su obra es supérfluo y desde la novela más solemne al relato en apariencia más liviano, están construídos con primorosa delectación, con precisión minuciosa: todo es un concierto en que cada instrumento deja oír su voz.

No tienen gran valor estas líneas que quisieran ser de felicitación, al lado del obsequio de cumpleaños con que él nos va a obsequiar mañana presentando su último libro sobre ''La invención del Quijote'', un título tan prometedor y sugerente que augura enriquecerlos como lo hicieron aquel libro soberbio que llamó ''Los Usurpadores'' en que transparece la Historia de España a traves de nimios sucesos relatados por terceros personajes sin relieve que nos descubren la vacilación de Torquemada, la física decadencia del Hechizado, y la tramoya de tantos decorados en que su sensibilidad, su imaginación y su cultura descubren el clima de los tiempos sucesivos. Como las novelas del ciclo americano tales que ''El fondo del vaso'' y ''Muertes de perro'' en que se representan todas las miserias del Poder y que han constituido desde su descubrimiento libros de meditación y de mesilla, que a cada lectura se manifiestan más esclarecedores y diferentes, sin demérito de ''La cabeza del cordero'', ''El jardín de las delicias'', ''Cazador en el alba'', ''La niña de oro'', y sus sagaces y penetrantes ensayos.

Desde hoy y desde aquí pido a Dios que podamos celebrarlo muchos años y nuevamente en su centuria.

Darío Vidal

15/03/05

 

       Ayala, un aņo para un siglo (16/03/2005 02:27)