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Publicado: 13/03/2005


 

NIEVE SIN AGUA


Hacía tiempo que no veía a la gente tumbada en la playa, sentada en las terrazas y exponiéndose deliberadamente al sol como esta mañana. Sentimos un hambre de luz, de brisa y primavera que me hacía pensar en los nórdicos que descienden cada año hasta el Mediterráneo como aves migratorias. Lo entiendo. Después de un invierno de alivio, un invierno con noches a diez y hasta a veinte bajo cero en ciertas poblaciones -lugares habitados y no cumbres alpinas-, varias nevadas, creo que cuatro, en Mallorca, y también Barcelona, en Valencia y en Murcia, que es casi más raro que ver llover en Tumbuctú, se explica que nos postremos a adorar al dios Ra, al dios Atón, al Padre de los rayos benéficos.

Lo inexplicable es que haya cambiado todo tanto que ya no sirvan ni los antiguos saberes de nuestros antepasados. ''Año de nieves, año de bienes'', decían regocijados no sé si por convicción o para aliviarse de las penalidades de las frías jornadas y la pesadumbre de los cielos helados. Pues bien, nada de eso es cierto en nuestros días. Tal vez la nieve no se derrite para reponer los acuífereos y alimentar los arroyos, o ya no está hecha de agua. Pero el hecho es que nos vienen amenazando con un estío de sequía como no lo padecíamos desde hace treinta y cinco años. Menos mal que estamos a salvo de huracanes, tifones, y de momento a resguardo de ''tsunamis'', mientras a la Isla de la Palma no le ponga la zancadilla cierta placa tectónica que se cuartea bajo su asiento en los abismos de la Tierra, allá donde tienen su morada los demonios. Porque ese día, según dice desde hace varios años un grupo de científicos aguafiestas que avisan de desgracias que no podemos evitar ni prevenir, un terrible maremoto barrerá el litoral atlántico de España, Portugal y Francia, se adentrará incluso por el Mediterráneo haciendo estragos, y alcanzará las costas de California con olas de doscientos metros. Han calculado las hectáreas anegadas por el agua, las playas desaparecidas, e incluso el número de víctimas. Pero no quiero decirlas porque las severas premoniciones de unos y otros -las vacas locas, la fiebre aftosa, la gripe del pollo, la lengua azul- y el sensacionalista aliento de los medios, están convirtiendonos en una sociedad hipocondríaca, neurótica, insolidaria, egoísta y miedica. (''¡Que paren el mundo, que me apéo!'')

Pero eso no es todo. En este país en que se desentierran los cadáveres de la Guerra contra el juicioso criterio de ''cerrar con siete llaves el sepulcro del Cid; en que se azuza a unas autonomías contra otras, porque las otras no quieren ser como las unas (''en este país todos somos iguales, pero algunos somos más iguales que los otros''); en el que algunos políticos blanden los muertos como garrotes para herir a los contrarios, y se crean nuevas asociaciones de víctimas del terrorismo en lugar de agruparlas, con el único propósito de dividir y utilizar de un modo repugnante y obsceno a los que sufren; en este país de páramos y sed, algunos especuladores pretenden llevarse el agua del lugar en que fluye y discurre, hasta las urbanizaciones que edifican en la costa con campo de golf.

Dicen que no hay agua en los pantanos. Y eso anuncia una nueva campaña de los apóstoles del progreso, el desarrollo y el turismo, como el melífluo patriota de Miami Julio Iglesias, y el inefable Johan Cruyff que exhibe su careto incluso en las vallas de sus urbanizaciones.

Miren ustedes: si el agua ha de ser para esas sabandijas que pagan campañas contra los que no pueden beber, que no llueva.

Darío Vidal

13/03/05

 

       Nieve sin agua (13/03/2005 01:57)