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Publicado: 12/03/2005


 

TIEMPO DE COMER


Uno de los cambios sociales más significativos de los tiempos de las posguerras continentales fué la supresión de la comida como ceremonia social, la abolición de la comida como rito. Hasta la generación de mis abuelos se reunían los comensales, pobres o ricos, acallaban las conversaciones y las bromas y, en el silencio, el de más autoridad y respeto bendecía la mesa salvo en las fiestas y los acontecimientos familiares en que con frecuencia se le concedía el honor al más pequeño. Una vez consumida la pitanza, rara vez copiosa, antes de levantar los manteles quien bendijo la mesa daba gracias a Dios por ''los manjares que habían recibido de su benéfica mano''.

Comer era un acto colectivo que los campesinos aprovechaban para agradecer al Todopoderoso que hubiese granado el trigo con que habían hecho aquella hogaza, que hubiesen crecido los garbanzos que plantaron para este cocido y que hubiera medrado sin contratiempo el cerdo cuyo hueso de jamón -que aquí se prestaban las comadres y llamaban ''sustanciero''- había dado sabor a los alimentos. Hasta tal punto era un rito comer, hasta tal punto una actividad quasi-sagrada, que enseñaban a hacerlo despecio y en silencio como en misa, guardando la charla y la chanza para luego de haber terminado y dado gracias. La jornada se ordenaba en torno a las comidas, que constituían el acontecimiento nuclear y una referencia temporal aunque fueran humildes y escasas. Y nadie desdeñaba las sobras ni tiraba el pan.

El acto de comer carece ahora de significación salvo para unos cuantos viciosos aficionados a la gastronomía, de tal manera que los copiosos libros que aparecen, la mayoría fraudulentos, se consumen como la literatura pornográfica, y se ensayan, como ésta, sólo los sábados. El resto de los días no se come, se reposta en la alargada barra del ''snack'' sin saber qué se ingiere y leyendo el periódico. De todos modos, nos aguarda lo peor si copiamos las maneras de los americanos: nos falta tomar la sopa en ''brik'' sentados en un banco como mendigos, y devorar la hamburguesa caminando de un lado para otro entre el bullir de la multitud, los sonidos agresivos de la ciudad, las bocinas de los coches y el humo de los escapes. Eso sí que es progreso; no puede negarse.

Y he aquí que Francisco Abad, profesor de la Facultad de Medicina de Zaragoza nos recuerda en un reciente libro sobre las humildes migas cómo sólo los justificados reparos higiénicos han desterrado la costumbre de comerlas del mismo caldero cuando se tomaban en compañía. (''Migas. Un clásico popular de remoto origen árabe''). Y que ese democrático modo de compartirlas -sólo se cocinaban y comían entre hombres- suponía un gesto de tácita subversión, al rechazar implícitamente la jerarquía, lo que no significaba desdeñar el respeto a los iguales puesto que reclamaba templanza, sosiego, generosidad, moderación y harta delicadeza en el trato con los otros compañeros (los que con-parten el pan), pués aunque el modo de conducirse era el de ''cucharada y paso atrás'' tampoco debía excederse el trozo que cada cual tenía supuestamente asignado.

Quien se adentre en esta amorosa averiguación del profesor Abad sabrá que en el norte conocieron las migas sólo Navarra y Aragón, pero no Galicia, Asturias, Cantabria, el País Vasco y Cataluña aunque sí los territorios interiores, y aprenderá también los mil modos de hacerlas en una y otra parte. Una bella lección de Gastronomía y Antropología cultural.

Darío Vidal

12/03/05

 

       Tiempo de comer (12/03/2005 22:59)