Hemeroteca:


Octubre 2021
Dom Lun Mar Mie Jue Vie Sab
         
           

Publicado: 08/03/2005


 

ANEMIA VERBAL


Si yo tuviera una escuelita, haría que los niños leyesen cada día al regresar a sus casas media columna de una página concreta del Diccionario. Sin mayor esfuerzo, sin obligarles a retener. Y a la mañana siguiente dedicaría unos minutos a que hablaran entre si utilizando las voces que recordasen. Solamente eso. Las palabras son tan precisas, tan certeras, tan hermosas, tan eufónicas, que algunas de ellas anidarían en los pequeños. No siempre ni las mismas. Pero eso no importa. Cada uno habría cosechado su tesoro y entre todos fecundarían el lenguaje de todos. No es laborioso, no es penoso, no es costoso. Y no tienen coartada los que cifran la eficacia de los proyectos en el volumen de la inversiones económicas. Yo sugiero humildemente, a los docentes que aman la enseñanza y quieren a los niños, este modesto experimento.

Si no nos esforzamos cada cual, terminaremos comunicándonos por señas. Ya hemos comprobado la lenidad y la apatía de las entidades que deberían velar por el lenguaje. No les merecen atención más que las grandes iniciativas inútiles con presupuestos mastodónticos. Justamente las que no sirven para nada, salvo para salir dos o tres días por televisión.

Digo esto a propósito de lo que tantas veces se ha dicho sobre el empobrecimiento del lenguaje. Estamos perdiendo palabras cada día y el vocabulario se reduce a ojos vistas. Así es que al concluír alguna charla he oído de mi, con desaliento, que hablo difícil. ¿Saben lo que nos ocurre? Pues nos ocurre lo que al herrero turolense de Pancrudo, al que ''martillando martillando se le olvidó el oficio''.

Existe tal crisis de autoridad en nuestro tiempo, que no sorprende que un presidente de Gobierno diga que lo mismo da región que nacionalidad que nación y que cada cual llame a las cosas como menos le incomoden. Con tal relajación en el ámbito de los conceptos, no puede extrañar que nadie ponga disciplina en el orden más modesto de las palabras. Las autoridades académicas, -y me refiero tanto a la Universidad como a La Española-, deberían fijar en español los nombres de los topónimos extranjeros, así como los españoles de lenguas españolas que no fueran la castellana. O bien nombrarlos todos en su lengua de origen, pero siguiendo un criterio.

Aunque la costumbre empañe la sorpresa, debemos reconocer que es una arbitrariedad que digamos Londres a London y a Washington le conservemos la prosodia y la grafía, mientras llamamos Moscú -y en nuestra infancia Moscoú en francés- a lo que nuestros antepasados llamaban Moscovia y, mejor o pero transcrito del cirílico, es Moskva y los italianos dicen Mosca. O que a München la escribamos Munich y la pronunciemos Mínik, en lugar de trascribirla fonéticamente como ''Mínjen'' si deseamos acercarnos a su música.

Esta nación peleona que tenía bautizadas las ciudades del Continente, ha perdido la memoria y dado en llamar a la capital de Limburgo, la del Tratado para entendernos, Maastricht, en lugar de Mastrique que es como la llamó toda la vida. Pero es más ridículo salir de Guatemala para ir a Guatepeor. Y cuando está consolidada con los siglos la palabra Pekin para designar la capital de China, es desconcertante que hayamos de denominarla ''Beijing'' que tampoco es como la pronunciaríamos en una transcripción fonética directa al español. ¿Quién intenta imponernos este ''Moscoú''? Hay que pedir socorro a la Academia.

Darío Vidal

08/03/05

 

       Anemia verbal (08/03/2005 21:15)