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Publicado: 23/02/2005


 

RASCACIELOS


Los rascacielos son nuestras catedrales góticas, y su morfología una respuesta a nuestro deseo de verticalidad y el afan de conquista babélica que nos tienta a apropiarnos del cielo. De otro modo no se explica su existencia.

Puede comprenderse, en cierta medida, que los edificios comenzasen a crecer verticalmente en Manhattan porque es una isla de superficie limitada, y acaso se justificaría en Barcelona cuyo caserío ha rebasado ampliamente el término municipal, pero en la abierta meseta madrileña -''ancha es Castilla''- resultaría innecesario si no fuera por cierto pueblerino mimetismo.

Los rascacielos son caros de construir y mucho más de mantener; no resultan especialmente cómodos; son infinitamente vulnerables ante cualquier emergencia y a la más insignificante avería, porque se sustentan en la pura artificialidad. Cualquier irregularidad de suministro -electricidad, agua, gas- se convierte en una incidencia grave, y la extinción de un incendio -nada infrecuente porque estos edificios están gobernados por mecanismos eléctricos y complejos sistemas electrónicos-, es algo que se deja al albur o en manos de la Providencia porque los medios que utilizan los bomberos no son eficaces más allá de cierta altura, a partir de la cual hay que confiar en los mecanismos de autoextinción instalados en las plantas como espuma anticomburente, inyección de anhídrido carbónico y otros métodos, mediante conducciones e ingenios que no son inmunes a las altas temperaturas ni a la acción destructiva de las llamas.

Pero el hombre no es un ser racional. Y domiciliar una empresa en la planta vigésimo sexta de un rascacielos de oficinas es algo que da ''caché'' a la firma y la instala en la élite de la modernidad y la solvencia.

Los expertos financieros aconsejan a los inversores no poner todos los huevos en la misma cesta para evitar que un tropezón pueda dar al traste con todas sus espectativas, pero nadie desaconseja que se instalen en el mismo inmueble oficinas dedicadas a actividades sensibles de alta incidencia logística. Ahí tenemos el caso del Windson, con bufetes de abogados de gran volumen cuya inactividad podría paralizar a ciertos tribunales o entorpecer su gestión seriamente; con compañías que auditaban empresas; con agencias aseguradoras y otras actividades que han producido el efecto del castillo de naipes y amplias reacciones en cadena. Unos efectos nefastos para los directamente afectados y nada deseables para la sociedad en general.

Pero el curso de los hechos no está gobernado tanto por las razones frías de la mente racional como por las pasiones que inspiraron la singular nariz de Cleopatra a Marco Antonio y a Napoleón el despego de la casquivana Josefina.

Lo bueno que tienen las torres de Babel, ''zigurats'' para la adoración del dinero, es que permiten ensayar el fin del mundo. Pero aún así no nos sirven de enseñanza.

Darío Vidal

23/02/05

 

       Rascacielos (23/02/2005 21:41)


 

LA SOBERANÍA RENACE EN FEBRERO


Tal vez la mejor noticia de este 23 de febrero silencioso en que parece haberse olvidado el asalto al Congreso, sea la reapertura del proceso penal contra el presidente del Parlamento vasco Juan María Atutxa y los miembros de la Mesa Gorka Knörr y Concha Bilbao por un delito de desobediencia al Tribunal Supremo, al negarse a disolver el grupo parlamentario heredero de Batasuna, ''Sozialista Abertzaleak''.

En ocasiones, la plebe ignorante y llana no alcanza a comprender los fundamentos de Derecho que inspiran los edificios legales de los legisladores, ni a identificarse con los abstrusos argumentos que esgrimen los juristas, pero el más lerdo de los porqueros -''la verdad es la verdad, la díga Agamenón o su porquero''- sabe que una sentencia firme de los tribunales debe cumplirse inexorablemente, y más todavía si emana del Tribunal Supremo del Reino.

Si alguna cosa provoca alarma social, inseguridad jurídica, zozobra política, desconfianza en la Justicia y desprecio de las Leyes, es la arbitrariedad de las instancias del Estado. Nada socava tanto el crédito de la Democracia como la inexplicable tolerancia de una jueza que archiva una resolución del Supremo, como hizo Nekane Bolado, o la desconcertante candidez de Cándido Conde-Pumpido fiscal general del Estado, al inhibirse de la resolución de la Instructora no recurriéndola en tiempo y modo.

Esa reminiscencia feudal no privativa de estos Reynos, según se echa de ver en la Constitución Europea, por la que se establece diferente trato penal y fiscal para los poderosos y los desheredados -que sigue habiéndolos, de sueldo y de vivienda- estableciendo diferentes grados de rigor, y aún el sosiego de la impunidad según de quién se trate, erosiona más la cohesión y la convivencia de la sociedad, que un crimen, un atentado, o una amenaza. El asalto al Congreso tal vez fué positivo porque nos hizo sentir a todos unos, en tanto que la arbitraria o partidista diferencia de trato ante la Ley, introduce la corrosiva larva de la división y el disolvente concepto de ''los otros''.

Lo inconcebible no es solo que una parte del Estado como el Parlamento vasco se declare en rebeldía contra una sentencia del Tribunal Supremo, al que no reconoce, sino que recurra en amparo al Tribunal Constitucional, al que tampoco reconoce. Ciertas actitudes conducen a incongruencias que remiten al absurdo y a irresolubles aporías filosóficas. Pero es más inaudito y más escandaloso todavía que los ciudadanos hayamos de defendernos de instancias concebidas para defendernos, como la fiscalía y la judicatura. Menos mal que son también los jueces, el Tribunal Superior de Justicia del País Vasco, el que, a instancias de Manos Limpias, han reabierto el caso nuevamente.

Parece que el 23 de febrero va a consolidarse como el emblema de la soberanía de los españoles. La costosa Democracia que debería exhibir un lema similar al de la ciudad de París: ''Fluctúat nec mérgitur'': se agita pero no se hunde.

Darío Vidal

23/02/05

 

       La soberanía renace en febrero (23/02/2005 19:52)