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Publicado: 05/02/2005


 

ELOGIO Y REPROCHE DE LA VANIDAD


Dicen que la vanidad es un pecado pero es más bien una humana flaqueza que se sustenta en la inseguridad. La necesidad de asentimiento trasluce que no estamos muy seguros sin la valoración de los otros, significa que precisamos la aprobación ajena para tener la certeza de que obramos adecuadamente. Y esa incertidumbre nos impele a esforzarnos más, a exigirnos más, a combatir más. Esa perpetua aspiración a superarse constituye un motor poderoso para vencer los obstáculos. Por eso la vanidad, tan zaherida y denostada, es un poderoso incentivo para la competición.

La senda del éxito discurre muchas veces paralela a la vanidad. El dinero y el poder no compensan muchas veces del esfuerzo que comporta la conquista de ciertas metas, tanto como el halago de la vanidad. Mas la vanidad no obtiene satisfacción más que del elogio ajeno, porque proclamar la propia excelencia no significa que la acepten los demás. Lo malo es que cuando se acalla el coro de la vanagloria, algunos adulados no pueden respirar sin los elogios y tienden a venderse como mercancía, aunque tal actitud no sacie la sed de reconocimiento.

En el ''ABC'' que Luis María Anson llama el verdadero, escribí más de una columna a favor del juez Garzón, aquel paladín que se atrevía con ETA en la época más dura y sanguinaria, mientras la sociedad asistía con pasmo a la ceremonia de los oficiantes de la muerte, el Gobierto desconcertado se limitaba a ''repudiar enérgicamente'' los crímenes, y el PNV vertía alguna lagrimilla de cocodrilo nada convincente, mientras dejaba huir a los ''comandos'' asesinos de ETA, daba órdenes a la Ertzainza para que llegara tarde a los alegres alardes de la ''kale borroca'', y disculpaba el explicable entusiasmo juvenil de ''los chicos de la gasolina'' de Arzallus, la jubilosa muchachada de Jarrai.

Hay que recordar aquellos tiempos de desasistimiento y soledad de la gente y de absoluta horfandad de las víctimas silenciadas, para valorar el coraje del juez Garzón y la devoción casi religiosa que le profesaba la inmensa mayoría hasta que un día aciago decidió meterse en política. Todos sus gestos hasta entonces parecían justificados. ''Cuídese, señor Garzón -le decíamos como quien reza-; cuídese porque le necesitamos''. Pero después, tras aquellas elecciones en que se le burló Felipe, comenzó a observar una actitud en ocasiones histriónica que hasta entonces nos era desconocida. Creímos que quería distanciarse del Presidente que había fingido ser su amigo y frustró su pretensión de pasar a la Historia de España como el demoledor de la ETA.

Es ese ''ego'' hipertrofiado difundido en biografías y entrevistas, el escollo en el que se ha ido atomizando su crédito y su buena imagen. Ayer mismo, en la pesentación de su libro ''Un mundo sin miedo'', hizo una defensa desconcertante de etarras que se habían autoinculpado por la Caravana de la Muerte; el fiscal jefe de la Audiencia Nacional señor Fungairiño lo ha denunciado ''por revelar secretos que se hallan Sub Júdice''; el juez Ignacio Gordillo ha mostrado su indignación por un pasaje del libro que dificultará la investigación del atentado frustrado en la línea Irún-Madrid la Nochebuena de 2003, y desde otro ámbito le acusan de calumniar a Federico Jimenez Losantos y a Jesús Cacho, de modo que probablemente ''su conducta le inhabilita para seguir siendo juez'' como opina ''El Mundo'' en un editorial. No es lícito medrar valiéndose del poder del Estado.

''Humano, demasiado humano'', señor Garzón.

Darío Vidal

04/02/05

 

       Elogio y reproche de la vanidad (05/02/2005 01:28)