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Publicado: 01/02/2005


 

PROHIBIR FUMAR


Creo que lo confesé hace algun tiempo pero no tengo inconveniente en repetirlo. No fumo. Ya no fumo. No estoy seguro de si dejé el tabaco yo o el tabaco me dejó a mí. Pero no le guardo rencor. Tal vez porque no lo añoro.

Debo manifestar que esa falta de rencor prueba mi grandeza de corazón porque nuestra relación dejó maltrechos mis bronquios, pero aún así rechazo con toda energía la prohibicion de fumar. Hay siempre fórmulas para preservar los derechos de unos y otros sin lesionar a nadie. Creía que la democracia consiste precisamente en eso. Los niños y aquellos a quienes molesta la nicotina no tienen por qué asfixiarse con el humo de los fumadores, pero tampoco hay que impedir que éstos fumen cuando no perjudican a terceros.

En esa prohibición de fumar en los trenes que hoy entra en vigor- precisamente en los trenes que han tenido durante medio siglo la exclusiva de la contaminación de nuestros campos-, veo asomar la pata de la intolerancia y eso si que es intolerable. Lo único que debería estar prohibido es la intolerancia: prohibido prohibir. La intolerancia oculta el feo rostro del autoritarismo y del ''porque lo digo yo'' que padecimos durante demasiado tiempo y que parece estar haciéndose sitio cada vez más decididamente en los Estados Unidos, una nación que parece estar abjurando de la hermosa tradición que la hizo grande.

Digo esto porque, como habrán sabido ya, ciertos empleadores de aquella latitud están argumentando, como razón legítima para despedir a algunos y no admitir a otros, el hecho de que sean fumadores -no ya de que fumen en público-, lo que, por si ustedes no lo han advertido, es una clara e intolerable intromisión en el sagrado recinto de la vida íntima. Da la impresión de que los que mandan temen siempre mandar poco si no se nos meten en la sopa y en la cama. Y esa tentación no se desactiva con el paso de los siglos, porque los hombres son siempre iguales a sí mismos y los tiranos también.

Les confieso que me alarma y me sorprende la energía que el país más poderoso de la tierra está derrochando contra el consumo de tabaco, y que no actúe con entusiasmo y eficacia idénticos contra el tráfico de estupefacientes. Del mismo modo que escandaliza la insistente campaña a favor de la agresividad y la violencia que difunde a través de todos los medios, en especial la televisión y el cine. Sobre todo teniendo en cuenta que la Administración de los Estados Unidos conoce lo permeable y lo sensible que es la buena gente a la solidaridad incluso de modo espontáneo, como sucedió gloriosamente en la ominosa jornada de las Torres Gemelas del ''World Trade Center'', incluso en una ciudad tan tópica y aparentemente despiadada como Nueva York.

Habrá algún motivo para que se descuide con tanto esmero la educación de la juventud y se tolere la venta de armas, al tiempo que se predica cínicamente la Guerra Preventiva, se hace burla de la carta de los Derechos Humanos, se niega la Convención de Ginebra y se contraviene la constitución de los EE.UU en Guantánamo como acaba de denunciar una jueza de aquel país.

Algún motivo habrá para perseguir tan encarnizadamente a la peligrosa secta de los fumadores desde el lago Míchigan hasta el Mediterráneo. Y también para fomentar la creciente marea planetaria de crueldad y de violencia. Debe ser ''para nuestro bien'' aunque no lo comprendamos. Pero prohibir algo suele ser siempre el preludio de otras prohibiciones.

Darío Vidal

01/02/05

 

       Prohibir fumar (01/02/2005 14:20)