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Publicado: 31/01/2005


 

PEREZA MENTAL


No he estado en los EE.UU salvo de paso. El tiempo justo para manifestar el dinero que llevaba, cuanto tiempo pensaba quedarme, si era comunista, si llevaba armas y si pretendía atentar contra el Presidente. No habíamos padecido todavía el crimen de las Torres Gemelas y gracias a ello pude preservar mi dignidad de averiguaciones más humillantes. Quiero decir con esto que carezco de información que me autorice a opinar con mediana autoridad sobre el talante de los estadounidenses. Pero a estas alturas de los tiempos es imposible carecer de una idea siquiera superficial de los prejuicios, los mitos, las fobias, las supersticiones y el imaginario de las comunidades nacionales, a poco que se lea, se escuche y se asome al abismo proceloso de Internet.

Ese caminar de ciego de los yanquis que tanto nos sorprende a los europeos es consecuencia a medias de su soberbia y su ignorancia. Desconocen el resto del mundo y cuanto sucede en él, del mismo modo que el carácter, los valores, los deseos y los tabúes de los restantes moradores del Planeta, lo cual no se traduciría más que en una mutilación colectiva si fuesen una perdida tribu de bosquímanos, pero tiene consecuencias nefastas si quien atesora ese desconocimiento es el país que ostenta el liderazgo del Planeta. Ningún medio del país, excepto los que llegan a nosotros, se ocupa de otra cosa que no sea lo que gira en torno a su ombligo: la comunidad, la ciudad, el condado o el estado propio, al servicio de la épica provinciana y ultranacionalista puerilmente asentada en el simplismo pueril de ''los buenos y los malos''. Así es que desde allí no resulta tan burda y escandalosamente maniquea la percepción de un Eje del Mal como el ideado por su presidente, tan en línea con sus ''cómics'' filmados, en los que un poder maligno situado en otro mundo aspira obsesivamente a sojuzgar este, o a aniquilarlo según su peculiar talante y preferencias.

Esa endogamia esterilizadora significa que casi todas las manifestaciones enriquecedoras han de ser traducidas para que sean entendidas; supone que haya que darles las expresiones del genio y el ingenio de los demás predigeridas para que puedan asimilarlas.

Hoy mismo me he adentrado en un menú de música elaborado por un buscador norteamericano. Una idea excelente. He escogido música china. Nunca lo hiciera. Me ha taladrado los oidos la estridencia de la música rock, techno, electrónica, punk, smooth, metal y country (''Chinese asian pop rock'', ''Asian ethnic chinese''). Ni la ''classic chinese'' era música rigurosamente china pese a la gracia de los blues y un swing entonados por dulces voces femeninas.

En este país de aventureros y descubridores nos parece inconcebible exigir ser descubiertos para descubrir, renunciando a la titubeante aproximación, al hallazgo misterioso, al huidizo atisbo y al deslumbrante encuentro. Me parece que la distancia que media entre quien desprecia el entorno y el que desea entrar en otros mundos es la misma que la del turista y el viajero. El viajero es en el fondo un antropólogo, un ser respetuoso que siente humana curiosidad por los lugares y las gentes y quiere penetrar sin ser notado para observar el panorama sin alterarlo, en tanto que el turista no aspira tanto a ver como a hacerse ver, enseñar fotos y mostrar ''souvenirs'' a los amigos boquiabiertos. Nadie pida un análisis a un estadounidense-tipo ni a un turista.

Darío Vidal

31/01/05

 

       Pereza mental (31/01/2005 19:45)


 

COBARDÍA SILENCIOSA


Les aseguro que no es un chiste. Me sucedió a mí aunque luego me lo han referido como chascarrillo. Estaba recogiendo datos en un manicomio, aquellas cárceles dantescas para enfermos mentales, y para ello me ''ingresaron'' unos días. Bajé a los infiernos en el Pabellón de Finales, donde los más deteriorados pasaban las horas dando gritos, o mirando silenciosos e inmóviles a un punto impreciso y remoto, o dando saltos y cabriolas, o recorriendo el patio sombrío sin dejar de ejecutar mecánicamente los mismos movimientos y repetir idéntico itinerario con una precisión obsesiva. Y también anduve si no por el cielo cuando menos por las dependencias en que los internos realizaban funciones de apoyo de los enfermeros y salían incluso a la calle.

Uno de aquellos días finales me hallaba contemplando una partida de ajedrez mientras los jugadores opinaban sobre la clase de establecimientos que los alojaban, la enfermedad que padecían y la dudosa eficacia de los métodos que utilizaban con ellos para combatirla. Jamás pensé hallar locos tan cuerdos y estoy seguro de que ni sus cuidadores, ni el director, ni el Ministro se habían parado nunca a escuchar sus opiniones. Después de un silencio uno de ellos, un caballero de barba blanca, palabra pausada y mirada profunda, dijo suavemente: ''Mire, para resumir las cosas, estamos aquí porque somos minoría''.

Eran cualquier cosa menos tontos. Y me hicieron cavilar mucho en las convenciones arbitrarias y en el cuento del paño ''maravelloso'' que nos cuenta Don Juan Manuel en ''El Conde Lucanor''.

Dos malandrines hicieron creer al Rey que confeccionaban un rico tejido de mágicas propiedades entre las que destacaba resultar invisible a los ojos de quienes eran bastardos, súbditos de poco fiar y escasa lealtad a su entender.

Mandó el monarca que le hicieran un terno y una capa, y se avinieron a condición de cobrar por adelantado y que nadie entrase en el lugar en que trabajaban hasta que terminasen. Y se pusieron a la labor enseguida pero antes hicieron correr por todo el reino la rara propiedad de aquel paño.

Cumplido el plazo, entró el soberano y le mostraron la tela haciéndole reparar en los bordados y la fina pedrería, pero se sintió desfallecer porque no veía nada entre las manos de los hombres. ¿Acaso no era hijo legítimo de su augusto padre? ¿Qué sería de él si reconocía su bastardía? Sus hermanos menores lo harían ahorcar sin duda. El rey sonrió forzadamente, se dejó vestir y venciendo el sonrojo se dirigió al templete en el que había de presidir el desfile de la Coronación, mientras los cortesanos confundidos porfiaban en ponderar la singular belleza de su veste y su larga capa.

Pero el borracho del pueblo gritó entre carcajadas que el rey iba desnudo. La ''gente baja'', que tenía poco que perder, comenzó a reir también mientras se extendía el jolgorio, y el monarca hubo de retirarse avergonzado. Mas cuando quisieron dar con los dos bergantes, habían huído.

Nos han cortado un paño ''maravelloso'' en el Parlamento de Vitoria haciendo trampa, y nadie se atreve a denunciar que no hay tejido por miedo a que le acusen de tibieza democrática, de ''nacionalista español'', ''franquista'', ''facha'' o simplemente español, que está ahora mal visto.

Si no sale a tiempo el borracho, podemos quedarnos sin capa, sin reino y sin Rey.

Darío Vidal

30/01/05

 

       Cobardía silenciosa (31/01/2005 01:22)