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Publicado: 14/01/2005


 

UN VENIAL ERROR



Todo el mundo puede cometer un error. ''Humanum est errare'',- decían los latinos. Así es que no hay por qué escandalizarse ni poner el grito en el cielo porque alguien se equivoque. Lo malo es que a veces el error resulta perdurable, mantenido y contumaz. O sea que el tiempo no enmienda el error como ha sucedido con la pertinacia del señor Bush en ''mantenella'' a pesar de que los inspectores afirmaban que en Iraq no había armas de destrucción masiva.

Cuando la metedura de pata no tenía paliativos, el vaquero de las botas bordadas quiso acercar la objetividad a sus tesis, en vista de que era imposible lo contrario, y aparecieron unos oxidados remolques de camión abandonados que nos juraron que eran peligrosos laboratorioas móviles de sustancias letales; luego unos frasquitos de veneno y unos sobrecitos con un extraño ''polvo de antrax'' que probaban que Sadam Hussein los fabricaba, del mismo modo que la caja de Aspirinas que llevamos en el bolsillo prueba que nosotros somos la Bayer.

Se fueron los inspectores de la ONU diciendo que allí no veían nada y los Aliados reanudaron las pesquisas asegurando que, de todos modos, les constaba que el Tirano había querido fabricarlas, lo que suponía adentrarse en la fronda intrincada de la ''paleoprofecía''. ¡Ah, si alguien pudiese juzgar nuestros deseos!

El mes pasado, diciembre de 2004, los norteamericanos reconocieron que en Iraq no hubo armas de destrucción masiva, como había proclamado a voz en grito un portavoz de la Casa Blanca este último verano, sin que nadie se atreviese a desautorizarlo.

Bueno ¿y ahora qué? ¿Está mejor la población hoy que entonces? ¿Se ha resuelto algo con la detención del dictador o se ha acrecentado el dolor, el terror, la injusticia y la muerte? ¿Han llevado los invasores la Justicia al país o violado todas las leyes al no custodiar más que el Ministerio de la Energía, abandonando a su suerte los restantes y permitiendo el saqueo de los tesoros incalculables del Museo de Bagdad, tan sagrados como los derechos de los secuestrados en la cárcel de Abu Ghraib.

''Hombre, todos nos equivocamos, ya se sabe: humanum est errare''. Pues, no, mire usted. A un político no se le pueden consentir ni perdonar errores tan graves y tan duraderos. ¿Qué arbitrariedad o qué capricho puede justificar un despilfarro de recursos y dinero que habrían bastado para acabar con el hambre en el mundo? Pero combatir la miseria es una monserga de débiles y misioneros; de ancianas piadosas y solteronas devotas. Siempre ha habido de todo eso, pero lo que ocurre es que ahora lo sabemos. Es un asunto que no interesa a nadie: ni a los comerciantes de armamento, ni a los de vehículos especiales, ni a los de petróleo, ni a los de medicinas. A nadie. Esos seres desdibujados y vagamente humanos del llamado Tercer Mundo son unos haraganes y unos gandules que no piensan más que en tomar el sol. ¡No valen nada! Y en Estados Unidos se mide el valor de las personas por su sueldo anual bruto. ''¡Es un tipo de sesenta mil dólares!''

¿Cuanto cuesta tanto dolor, tanta sangre, tanto destrozo, tanta ruina, tanto desgarro, tanta muerte? ¿Es alguien capaz de ponerles precio?

Me temo que nada cambie hasta que sea más rentable y lucrativo acabar con la miseria que construir armas. O sea, nunca.

Darío Vidal

13/01/05

 

       Un_venial_error (14/01/2005 20:49)