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Publicado: 07/01/2005


 

DEL BIEN AL MAL


Los alemanes son unos cabezacuadradas y no se enteran de nada; los franceses, tacaños y glotones, del mismo modo que los ingleses son fríos, pérfidos y egoístas, y los italianos, vagos, tramposos, informales y trapaceros. Y nosotros somos ¿qué somos nosotros? ¿qué somos, cómo somos todos? Nadie lo sabe, ni nosotros mismos.

Puede brotar la flor más exquisita en una cloaca, y pudrirse una pieza de fruta en el cesto aromático que nos llega del huerto. Es difícil juzgar cómo es el hombre; un empeño que nos exige ponderación, equidad y atenernos a los hechos y no al prejuicio. Cuentan que un día le preguntó una dama a Winston Churchill qué opinaba de los franceses, a lo que respondió con retranca: ''Pues mire usted, no tengo una idea formada porque no los conozco a todos''.

No sé si el dato es cierto porque ya saben que con Napoleón y Bernard Shaw, es uno de los personajes a los que se les atribuyen todas las agudezas, pero podría serlo. Pues bien, hasta a nosotros que ya cargamos años y estamos prevenidos contra sobresaltos y sorpresas, nos desconciertan y apenan imágenes como las de los opulentos varones tendidos en las rubias playas de Ceilán y Tailandia, mientras otros se afanan en recoger y sepultar los cuerpos de los muertos esparcidos entre basura unos metros más alla. Turistas satisfechos en paz consigo mismos, orondos, complacidos, insensibles, indiferentes, cegados, tullidos de alma y sentimientos.

No es posible entender esa indiferencia, esa insensibilidad ante el dolor ajeno y la muerte de un igual, a no ser que esos plácidos turistas sean los que han acudido como buitres para nogociar con la carne de los jóvenes, a veces solo niños, para mercadear con el indefenso ganado humano que se ha quedado sin padres ni allegados y son un buen bocado para los burdeles, la esclavitud, los trasplantes y la muerte. Por eso, una vez detectadas esas bandas, son tan urgentes los policías como el agua, porque esas sabandijas matan aún más que la sed.

¿Quiénes son personas? ¿Las que haraganéan por las playas del Índico, ojeando víctimas voluptuosamente bajo las palmeras, o las incautas, estúpidas e ingenuas criaturas que han acudido desde todos los confines del Planeta para ayudar, sufrir y arriesgarse sin que nadie les llamase, como la enfermera española que ha trocado sus vacaciones por el voluntariado y el médico alemán que se ha incorporado a los Bomberos sin Fronteras españoles?

Lo deplorable es que muchas veces las malas acciones no quedan escritas en el rostro de los hombres y pueden confundirnos, del mismo modo que la bondad no suele aflorar a la mirada, tal vez porque no somos ni buenos ni malos sino humanamente débiles y llevamos a cuestas algún oro y mucha ganga. Pero tengo la certeza de que cuando se salvan las pequeñas mezquindades la gente tiende al bien. Sobre todo la que menos tiene. Si no fuera así nos habríamos aniquilado, nos habríamos extinguido hace tiempo.

Pero esa dificultad debería motivarnos a decantar la balanza del lado de la humanidad y la concordia. No hay espectáculo tan inefable como la felicidad de los que vemos. Y no digamos si somos nosotros los causantes de su alegría. Deberíamos ser buena gente, aunque no fuese más que por egoísmo.

Eso es lo que les deseo en la andadura que iniciamos.

Darío Vidal

07/01/05

 

       Delbienalmal (07/01/2005 01:59)