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Publicado: 06/01/2005


 

INICIACIÓN CONSUMISTA


Los niños nos lo dicen a gritos. Los pequeños, que son mucho mas naturales y sensatos que nosotros, nos lo sugieren; los chicos, que no quieren aparentar, demostrar, ni representar nada ante nadie, lo manifiestan.

No desean tanto. He visto abrir en la terraza del un hogar más de veinticinco paquetes enormes -y la experiencia de ustedes no me desautorizará- a cuatro niños, el mayor de tres años y dos que no alcanzan el año y medio, que al parecer dejaron de madrugada unos Reyes atolondrados, que no sólo no eran magos sino que tampoco me parecieron sabios.

Y la inicial ilusión de los tiernos infantes se tornó sorpresa, perplejidad, y alarma casi, cuando sin apenas digerir una alegría les empujaban a una nueva emoción, hasta sobrepasar visiblemente su umbral de percepción y de asombro. No se si eran felices, pero lo que sin duda lograron los Monarcas de Oriente fué desbordarlos de nerviosismo, sumirlos en la desorientación y despertar su agresividad. Al fin, el más desconcertado acaso fui yo mismo, observando el comportamiento de aquellos algodonosos y dulces cachorritos de hombre.

Habían estado compartiendo sus viejos juguetes entre chillidos y risotadas hasta que oímos subir a los pajes de Sus Majestades por la escalera de palo desde la calle. Entonces se refugiaron todos en sus mamás o sus papás sobrecogidos y asustados, espiando el mínimo rumor y haciendo pucheros o temblando como las hojas según sus caracteres. Mas cuando, alejado el peligro, se acercaron a las cortinas y otearon la próvida cosecha de envoltorios, el real cargamento les enloqueció y todos se empujaban para salir primero y hacerse con el mayor número de paquetes, muchos de ellos mayores que cada uno de los destinatarios. Sí, resultaba gracioso, estaban muy divertidos y muy ricos con aquella pueril pugna para hacerles un millón de fotos. Pero lo que transparecía tras la candorosa e ingenua experiencia, era el Hombre.

Había aflorado, sin disimulo y con toda impudicia, el egoísmo, la pugna, la rapacidad, la competencia y la codicia. Y aquellos seres angélicos a los que se les repetía que había para todos, que los paquetes llevaban rótulos indicando para quién eran, y que los Santos Reyes se iban a enojar muchísimo si sabían que porfiaban por ellos, hasta regresar incluso para llevarse los juguetes, terminaron como enemigos, gritando a media lengua ''mío, mío, mío'' entre pataleos, con la cara llena de lágrimas y mocos.

Mientras eran pobres, estaban dispuestos a compartirlo todo; al llegar la opulencia cada cual lo quería todo para sí. Cuanto más tenían, más les faltaba. Idénticamente igual que los mayores.

Muy pronto -el tiempo pasa deprisa- les regalarán un móvil, pedirán una moto y enseguida un coche. Y se sentirán cada vez más vacíos.

Si los mayores aceptásemos ser un poco menos ricos y entendiésemos que somos hermanos de los hindúes desharrapados, de los dichosos tailandeses maltratados que no han dejado la sonrisa ni después de haber sufrido el Fin del Mundo con el ''tsunami'' del Índico, y de los indigentes somalíes y nigerianos, aprenderíamos que se puede vivir con muy poco, recuperaríamos el sentido de la medida, evitaríamos la esclavitud y las pateras, y nuestros adolescentes valorarían lo que tuviesen. Y volveríamos a encontrarle sentido a la vida.

Darío Vidal

06/01/05












 

       Iniciacionconsumista (06/01/2005 23:50)