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Publicado: 28/12/2004


 

DIMENSIONES DEL DOLOR


Primero fueron al parecer, miles. E imaginar a miles de cadáveres, a miles de personas asesinadas por el ''tsunami'' -¿por qué no maremoto?- nos produjo escalofríos. Pensábamos en los ciento noventa y dos de los trenes de Madrid y se nos helaba la sangre.

Luego fueron cerca de diez mil, doce, quince mil. Y aquellas cifras ya no parecían aludirnos. Pero llegaron a veinte y a veinticinco mil. Y tantos muertos nos han desbordado. Solo los aficionados al fútbol son capaces de imaginar una multitud así congregada en un estadio.

El infarto de un vecino puede conmovernos hasta la lágrima y el accidente de un amigo destrozarnos el alma. Pero nada puede compararse a la muerte que inspira la crueldad y tiene culpables. El crimen del atentado nos convoca a la adhesión e inspira piedad, lástima, compasión, solidaridad y sentimientos menos nobles como ira, odio, rencor y deseo de venganza. Sin embargo esta hecatombe, esta orgía de desolación y de muerte nos insensibiliza a medida que se agranda. No es, según creo, falta de compasión sino de comprensión: no nos cabe en la cabeza una desgracia de tal magnitud porque es inabarcable. Y la falta de una humana, o inhumana, intención en esos hechos nos hace identificar el azar de las muertes con el de todas las demás.

Muchos hemos estado juanto a un ser que se nos iba y hemos apretado su mano con la nuestra observando anhelantes su respiración entrecortada, leyendo sus gestos, espiándo sus muecas, deseando interpretar su estado y adivinar el momento siguiente, manteniendo o rehuyendo su mirada. No solo porque es un ser querido sino porque se trata de un episodio individual y parece que la muerte digna exige unos instantes de pudorosa intimidad.

Si hay algo singular es una muerte. Y por eso nos conmueve el padre con un niño desmadejado en sus brazos o la abuela que acaricia con mimo el ceniciento rostro maltratado que no siente ya, en la primera del periódico. Pero somos incapaces de representarnos esa o parecidas escenas veinticinco mil veces.

Cuando una catástrofe hurta la soledad discreta de las muertes, la muerte se convierte en estadística. La muerte ajena en grupo, si ustedes me permiten la licencia nada irrespetuosa, es una muerte degradada e inoportuna. Una pobre muerte anónima de fosa común.

Don Galo Leóz Ortín, histólogo, neurólogo, investigador, autor de muchos libros, creador de procedimientos y técnicas quirúrgicas novedosas que se difundieron por todo el mundo antes ya de la Guerra Civil, discípulo de Cajal y maestro de varias generaciones de oftalmólogos, decía desde la estatura de sus 110 años que en la vida había que ser oportuno hasta en el trance de morir. ''A esta edad -me decía- ya estoy curado de vanidad, pero el año 1934 por ejemplo mi muerte hubiera sido una noticia mundial y sin embargo ahora será una muerte anónima''. Era 1986 y no se nos fué hasta 1990.

Esta atroz muerte colectiva que una ola monstruosa ha ocasionado en el Índico barriendo Indonesia, Tailandia y Birmania por el Este, e India, Sri Lanka y las Islas Maldivas por el Oeste a traves de miles de millas cuadradas de Océano ha originado veinticinco mil cadáveres anónimos como un nuevo Diluvio Universal, un definitivo Fin del Mundo. Pero no la imaginamos.

Darío Vidal

28/12/04

 

       Dimensiones del dolor (28/12/2004 20:49)