Hemeroteca:


Octubre 2020
Dom Lun Mar Mie Jue Vie Sab
       

Publicado: 22/12/2004


 

LOS NIÑOS DE SAN ILDEFONSO


Los niños del Colegio de San Ildefonso eran como las golondrinas de la Navidad. Los niños de San Ildefonso, con sus blancas vocecitas infantiles y su salmodia cantarina y alegre, que no nos parecía monótona, latosa ni aburrida, eran los heraldos y adelantados de únicas Fiestas que ha dejado el calendario

Su voz era un trotar de cascabeles, un vivo tintinéo de campanillas de cristal a las que los pequeños contagiaban su diáfano entusiasmo. Y lo de menos era la Fortuna; lo que importaba era aquella musiquilla, enfatizada cuando se cantaba un ''gordo'' con la reiteración alborozada. Aquella cantinela abría la puerta a lo excepcional, a la magia, al júbilo contagioso de una fiesta como no había otra en el año porque anunciaba el gozo inefable de los encuentros, de las largas sobremesas, de los juegos compartidos, de la familia apiñada en el hogar, de la emoción de las cartas a los Magos, y la espera y la esperanza de los juguetes, viendo aletear a traves de los cristales los desmayados copos de nieve flotadores como ''confetti'', porque entonces incluso nevaba. Un ambiente que decriben certeramente, con la imagen y la música, los anuncios televisivos del señor calvo de la Loteria Nacional

Todo ha cambiado con los años. Unos se fueron -por eso decimos que la Navidad no es lo que era-; otros ya no acuden -y por eso decimos que cada Navidad es más triste-; muchas cosas son distintas y desde luego menos misteriosas. Los niños de la casa se hartan de ver anuncios imprudentes, de escuchar reclamos chapuceros -porque a los mercachifles lo que les importa es hacer caja-, sin ningún respeto hacia ellos; con absoluto desprecio a esos cachorros retozones, inquietos, inteligentes, despiertos e intuitivos, pero tan puros que aún saben creer en los milagros, y tan frágiles que pueden romperse en nuestras manos por el tráfago demente de tantos Reyes, y de unos leñadores extranjeros llamados Papá Noel, Santa Klaus o San Nicolás, que se han adelantado para recibir la avalancha de emigrantes.

Niños con otra idea de la espera y ninguna de la esperanza, despojados de fe en los milagros, no porque sean incapaces de imaginar en su fértil fantasía la bilocación de los justos, sino porque no les entra en la cabeza ver a Melchor simultáneamente a su izquierda y su derecha, y contemplar rojos y nevados Santa Klaus en todas las esquinas junto a Reyes desparejados, apostados en la puerta de las tiendas de barrio, con coronas de cartón y blancas barbas irreales, despegadas e inverosímiles, ataviados como mendigos, mientras por la avenida principal desfilan suntuosas cabalgatas con lujosos monarcas sobre enjaezados camellos.

Los niños son pequeñitos pero no tontos. Los niños, que se fijan en todo, son más listos que el aire y más sagaces que nosotros. Y me temo mucho que estemos socavando su inocencia, con desastrosas consecuencias para ellos.

Pero si algo permanecía inmutable, si algo nos restituía a la infancia, si algo era perenne, eran aquellas alegres voces de clarín. Pero hoy no eran voces infantiles sino quebradas voces destempladas de adolescente. Voces de porro y cigarrillo que han perdido la inocencia. Y lo que es más: voces que no tienen oido y desafinan, voces sin ritmo, voces sin cadencia, voces dormidas, muertas y apagadas, tediosas voces sin ganas de los últimos alambres, incapaces de dar suerte ni infundir alegría.

Darío Vidal

22/12/04

 

       LosniņosdeSanIldefonso (22/12/2004 21:03)