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Publicado: 18/12/2004


 

¡QUÉ TROPA....!



Dicen que cuando el Conde de Romanones fué propuesto para la Real Academia, le sugirió alguien que hiciese una visita de cortesía a todos los miembros de la Institución encareciéndoles su apoyo, porque esa era la costumbre. Así es que venciendo el natural pudor cumplimentó ese requisito y todo el mundo le aseguró que su voto sería para él. El día de la votación se acercó su secretario y en un aparte le dijo: ''Excelencia, traigo malas noticias: no hemos salido''. ''¿Cómo es posible? -preguntó perplejo- Pero si tenía garantizada la elección...'' El funcionario se encogió de hombros. ''Pero entonces ¿cuántos votos he tenido?''- quiso saber. ''Ninguno, Excelencia''- musitó el secretario con un hilo de voz. El político se quedó unos instantes pensativo y luego cabeceando ligeramente se volvió hacia su ayudante: ''¡Jo, qué tropa!'',- concluyó.

Y sí, es cierto que nuestra tropa es singular. Siempre lo ha sido. Estamos siempre en periodo constituyente. Por ahí fuera la gente está ocupada en retocar detalles, mejorar el comercio exterior, favorecer las exportaciones, promover la investigación, depurar y extender la enseñanza, mejorar la administración, difundir su cultura y otras mediocridades parecidas. Aquí no. Aquí estamos siempre en el filo de la navaja, en el desdeñadero de la existencia, en trance de no ser. Decía el canciller Bismarck a nuestro embajador, sin ninguna ironía, que España era el país más sólido de Europa, en un momento que como en tantos otros se hallaba en trance de liquidación. Y cuando el diplomático observándolo atentamente ponderaba si desafiarlo en duelo, por considerarlo un insulto o una broma de pésimo gusto, el político alemán continuó: ''No hay país en Europa que hubiese sobrevivido a doscientos años de gobiernos enemigos del país, como han tenido ustedes''. Y fíjense si ha llovido desde entonces.

En cualquiera nación de nuestro entorno los ciudadanos asienten o disienten de la labor del gobierno, y alguien puede recelar de la gestión de determinados recursos o de la venalidad de un político. Pero nadie teme que un hombre o un grupo ponga en riesgo la existencia misma del país. Por eso alli desconocen las guerras civiles. Aquí no. Aquí un aventurero, un sinvergüenza o un loco pueden vender el país por capricho, por despecho, por soberbia, por dinero o por salir en el periódico. En este momento, la inepcia de unos políticos, y la audacia de los pícaros y algún sicario con habilidad para usar una ley electoral viciada como brazo de palanca, está amenazando una vez más la existancia del Estado como parecía ya imposible. Pero el caso es que hemos vuelto al siglo XIX.

Y lo grave es que el mayor riesgo lo encarna un partido desleal de ámbito nacional que ha llegado al poder y cuyo presidente asiente a todo para que no le muevan del sillón. Así, está dejando que se desmembre el Estado con demandas abiertas de independencia por parte de sus facciones regionales; va a traicionar de modo infame al pueblo saharaui; abandonará a su suerte dos ciudades españolas asentadas en el norte de África siglos antes de que existiese Marruecos, y acaba de entregar Gibraltar a los ''llanitos'' como si fuera un bien personal y sin consultar a nadie ante la irritación de sus compatriotas. Nadie sabe hasta cuando podrá sostenerse en el Gobierno. ¡Jo, qué tropa...!

Darío Vidal


18/12/04

 

       ¡Qué tropa! (18/12/2004 23:59)