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Publicado: 16/12/2004


 

VOZ DEL PUEBLO


Daniel Paz Manjón, estudiante de INEF de veinte años, que mientras Pilar hablaba ayer en el Congreso hubiera cumplido veintiuno, se hubiese sentido orgulloso de su madre por lo qué dijo y cómo lo dijo. Pilar Manjón fué ayer la voz del Pueblo, esa voz que sus representantes temían que aflorara por temor a perder la suya, porque como se vió, no interpreta a sus representados.

Ayer, la presidenta de las Victimas del 11-M encarnó a la infinita mayoría silenciosa y operó como una suerte de catarsis en esta sociedad erizada y enfrentada por culpa de los políticos que la enconan para justificar su existencia, como si la política en lugar de ser un espacio para el encuentro y el logro del bienestar colectivo fuese no más que un pretexto para crispar los ánimos y fomentar el guerracivilismo, ese río revuelto en el que medran las miserias y las bajezas. Y que supone una traición de los representantes a sus representados.

Si fuese posible -que no lo es- una democracia verdaderamente directa en la que los ciudadanos pidieran la palabra para hacer crítica, formular preguntas y sugerir soluciones, acabaríamos con el oficio de intermediario y comisionista en que se ha convertido el político profesional y nadie podría tergiversar nuestras demandas ni pactar estrategias que no nos favorecen. Si bien todo eso pertenece al campo de la utopía. Aunque ayer nos hizo entrever y desear ese imposible una mujer menuda y valerosa con el rostro prematuramente ajado por el dolor y el sufrimiento, que dando una lección heróica de democracia y de civismo, acudió a votar el día 14 de marzo, cuando aún no había aparecido el cadaver de su hijo, muerto en la orgía de odio y de sangre que oficiaron los musulmanes salafistas en la estaciones de Alcalá, El Pozo, y Atocha de Madrid, una hazaña que habían intentado varias veces sin éxito las repugnantes sabandijas de la Eta.

Desgraciadamente el asentimiento que ha provocado la verdad verdadera, la descarnada verdad de los dañados más directamente por la tragedia, no será duradera, pero tampoco superficial y estéril. Las manifestaciones espontáneas y sobrecogedoras que originó la muerte de Miguel Ángel Blanco, que nos parecían suficientes para acabar con el terrorismo etarra, no basataron lamentablemente porque la cínica y miserable manipulación de los sentimientos y los hechos confunden en ocasiones a la gente buena. Pero aquello representó una inflexión en la heróica resistencia antiterrorista, sobre todo de los amenazados.

Por eso desería creer que la comparecencia de ayer va a cambiar muchas cosas además de las actitudes de los políticos, los jueces y los periodistas. Estoy seguro -deseo estarlo- de que nada será igual, y que más de uno se habrá sentido avergonzado y empequeñecido al comparar su lúdica frivolidad distante con la hondura y el desgarro de tantos familiares afectados, de tantos heridos y tantos inválidos a los que aquel minuto cambió la vida para siempre y que han estado hasta ahora privados de su voz.

En nombre de un periodismo que nunca he perpetrado y que me asquea, pero como miembro al fin de este colectivo, pido de corazón disculpas por lo que los periodistas hemos hecho y por el mercantilismo de las empresas que nos acogen. Y suscribo la advertencia que el presidente de la Audiencia Nacional, Carlos Divar leyó en una lápida de Estambul y que hice mía cuando elegí este oficio: ''Si para comer vosotros o vuestros hijos habeis de adular al injusto, preferid moriros de hambre”.

Darío Vidal

16/12/04

 

       Voz del pueblo (16/12/2004 15:58)