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Publicado: 05/12/2004


 

VERGÜENZA


Quisiera saber dónde hay que inscribirse para no pertenecer al género humano; en que ventanilla se renuncia, se abjura, se apostata de ser fiera para ser persona. Quisiera saber cómo se retorna a la dignidad que hemos perdido tras tan largo camino y tantos siglos de Historia.

La contumaz insistencia de la verdad, la terca tozudez de los hechos lleva otra vez a las páginas de los periódicos las imágenes sonrojantes de valientes en grupo armados hasta los dientes, vejando y atormentando a pobres hombres solos, semidesnudos, indefensos y esposados, a los que han privado incluso de la mínima defensa de la vista, vendándoles cobardemente los ojos para que no puedan rehuir los ataques, los salibazos y golpes. Hombres heridos, lacerados, golpeados, humillados, escarnecidos, temblorosos de dolor y muertos de miedo, a merced de unos gallinas acojonados que no se atreverían ni a mirarlos de frente si estuvieran con la cara descubierta y saldrían corriendo despavoridos si se hallasen frente a frente con solo el recurso de sus manos.

Esta vez los héroes no son reservistas como en Abu Ghraib sino miembros de la fuerza de élite más disciplinada, preparada y honorable del ejército de los Estados Unidos, los comandos de la Navy Seal. Lo que parece demostrar que estas prácticas son ordenadas por el mando como ya denunció la infame torturadora embarazada de la sórdida cárcel iraquí y que resultan completamente habituales. Lo saben muy bien quienes se dedican al ''contaje'' de hechos aleatorios. Ellos cifran la afloración de sucesos imprevistos o clandestinos en solo un tres o un cinco por ciento de los acontecidos. Menos que los icebergs.

Si estos fueran hechos fortuítos, el Ejercito de las EE.UU sería una horda de facinerosos sin control ni fisciplina, peor que la banda de El Floro o el ejército de Pancho Villa. Si por el contrario son estimulados por el mando, no podemos sino sentir repugnancia por Donald Rumsfeld confirmado en el cargo por su jefe; desprecio por el Pentágono, y decepción por el pueblo estadounidense que ha dado por buenas estas prácticas inmundas reeligiendo a Georg W. Bush

Y lo malo de eso es que esa gente nos representa aunque nos neguemos a admitirlo. Y lo peor es que las autoridades militares estadounidenses intenten defender lo indefendible -demostrando que son las instigadoras de los hechos- al decir que esas fotografías no significan nada porque no prueban humillaciones ni malos tratos. Para hacer creible esa defensa deberían poner ante los ojos de la Humanidad las mismas vendas y las capuchas infamantes que ponen a los presos iraquíes. Unos detenidos que aún no eran enemigos cuando fueron fotografiados porque no se había iniciado la resistencia popular que vino luego; unos detenidos que no sabían por qué eran detenidos.

Vergüenza. Vergüenza y náusea de pertenecer a la misma especie animal que esos simios enloquecidos por el odio irracional y gratuíto programado por sus dirigentes y distribuído a su país y al mundo por las televisiones. Ahora sí que apetece pedir con Groucho Marx ''que paren el mundo, que me apeo''.

Vamos a pagar todos este oprobio muy caro, porque en una u otra medida somos todos culpables. Díganme, por favor, dónde hay que darse de baja de primate, de hombre, de blanco, de civilizado y de cristiano. Porque mi Dios no puede ser el mismo que el de Busch.

Darío Vidal

0512/04







 

       VergŁenza (05/12/2004 19:10)