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MOTÍN A BORDO
Eso del independentismo español es como la Santa Inquisición, la conjura comunista, el contubernio judeomasónico, la Mano Negra, el coño de la Bernarda y la carabina de Ambrosio. Es una argucia malévola para no dejar que este país juegue su partida, su liga, su campeonato mundial. Es el recurso mezquino que impele a agarrar la camiseta del que corre, a saltar un segundo antes para caer sobre el pie del rival cuando va a brincar para rematar, y a dajar escapar el pié contra la tibia que ya chutó el balón, para mermar al delantero. No se trata tanto de obrar, como de impedir que lo haga el conjunto. Los que acosan son incapaces de comprender que cuando muere un ser parasitado fenece también el que parasita. Ahora que parecía dejarse reposar el asunto de las federaciones departivas propias, toma el relevo el imaginativo Artur Mas, el apuesto Doncel de Barcelona, ataviado de maniquí de Cortefiel. En esta fatigosa carrera de relevos sin imaginación ni perspectiva que son las selecciones deportivas nacional-nacionalistas, que son como el acabose de los propósitos redundantes, hay que porfiar y perseverar en la agobiante porfía, la payasada y el esperpento, hasta que el respetable se parta el culo de risa. Sería un éxito editorial la historia documentada de las más recientes ocurrencias del nacionalismo nacional, o sea de las nacionalidades y naciones de la Nación Española. ¡Toma del frasco, Carrasco! Imagínense si da de sí la propuesta/despropósito pujoliana de intervenir en el Parlamento de Madrid en lengua catalana para que unos traductores la vertieran al castellano -ese raro idioma desconocido en Cataluña-, como la ocurrencia de enviar sus vástagos a exhibirse con carteles que pedían socorro al mundo, en inglés (''Freedom for Catalonia''), que es el segundo idioma de la Marca Hispánica después del de Ausias March, como lo prueba el hecho de que en buena parte de los congresos sea el idioma oficial al lado del catalán. Y así habría sido de no resultar tan caro. Pero debieron decirle que hablase lo que quisiera, que le contestarían lo que les pareciese, y publicarían en el Diario de Sesiones lo que entendieran. Bueno, no fué así exactamente. Le explicaron lo que habría de pagar por esa broma. Por lo que a mí respecta, soy partidario de que todos los españoles conozcan las lenguas españolas que son su herencia y su tesoro, y lo intenté cuando creí estar en condiciones de lograrlo al menos en una parcela. No hay, pués, menosprecio en lo que digo. Pero las actitudes arrogantes, sobre todo si son al tiempo pueblerinas, me dan risa, qué quieren que les diga. Como cuando el cardenal Josep María Carles desautorizó que se festejase la Virgen del Pilar para no provocar una fractura en el pueblo creyente catalán, o cierto decano vetó a un colega el acceso al claustro por no ser de la tribu, o una casera se negó a alquilar un piso cuando el inquilino manifestó no ser catalán. Ese no saber en qué consiste el juego; ese ignorar a quién hay que enfrentarse; esa poquedad, esa falta de perspectiva y de grandeza, no hacen sino empequeñecer su universo y confundirles. No se atreven a postularse para dirigir el Estado si tienen talento, y acaban por tirar dentelladas resentidas a los jarretes de los que, desde lo alto del puente, pretenden izar las velas para que lleguemos a puerto antes que nadie. Pero ese estéril motín inacabable siempre nos hace perder el rumbo. Darío Vidal 02/12/04
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Motín a bordo (02/12/2004 19:17)