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Publicado: 30/11/2004


 

EL NIÑO Y LA TRIBU


Desde hace no más que unas fechas, se viene repitiendo aquel sabio apotegma atribuído a un jefe indio según el cual para educar a un niño se necesita a la tribu entera. Los que tenemos algunos años lo sabemos aunque no habíamos sido capaces de expresarlo de modo tan sintético y con tanta claridad.

Tal vez antes los mayores fuesen más hipócritas que ahora, pero no decían nada inconveniente ni hacían en público algo que pudiera reprochárseles. A lo mejor el vilipendiado disimulo tiene su lado de virtud. Por eso podían afear que pateásemos el césped; nos columpiásemos de una rama que podía romperse; nos zurrásemos la badana con otro, y hasta propinarnos un suave pescozón si les contestábamos o les faltábamos al respeto. Igual que ahora.

Hace algunos meses paseaba por un parque leyendo el periódico cierta mañana de domingo, cuando me sobresaltó un mocoso de unos doce años que me pasó rozando con la bicicleta. Alcé la vista y echó pié a tierra. Me miraba impertinente en actitud provocadora y le dije que había de fijarse por dónde iba y que el parque era muy grande. Estábamos en una explanada vacía con árboles alrededor y un chiringuito a un lado con una pequeña terraza de veladores. Me mandó ''a la puta mierda, cabrón'', y comenzó a hacerme pasadas como para atropellarme, pero no caí en su juego. No me aparté y en el último instante lo hacía él, pero aunque fuí alejándome como si no pasase nada, hube de refugiarme en la barra a tomar lo que no quería para huír de la tentación de meterle un pié en los radios, mandarlo al suelo y darle unos azotes luego.

No le tamía a él sino al juez. Pero no crean que en los veladores hicieran un gesto mientras presenciaban el espectáculo distantes. Seguro que el angelito juega a matar marcianos y a atropellar transeúntes en el PC. Pero a sus padres no les quitan la patria potestad, ni meten en la cárcel a los delincuentes que diseñan, fabrican y comercializan esos videojuegos de pedagogía criminal.

El niño se educa o se corrompe con lo que se le advierte, con lo que se le enseña, con lo que oye y con lo que ve, porque lo aprende todo, y todo lo incorpora a la memoria para elevarlo a pauta de conducta ya que su naciente discernimiento no sabe deslindar lo bueno de lo malo. Por eso para educar a un niño es precisa la tribu entera. Pero una tribu previamente civilizada, claro.

Nada de congresos ni convenciones, que no son más que pretextos para publicar después las actas con copiosa bibliografía. A andar se aprende andando, y si la energía que derrochan en campañas antitabaco se aplicarse a orientar a los padres y a la sociedad, no tardaríamos a apreciar los resultados.

Propongo que dirija esa cruzada don Emilio Calatayud, desde hace dieciseís años Juez de Menores de Granada. Él dice que ''si son maleables para lo malo también lo son para lo bueno''. Y dicta sentencias ejemplares que excluyen la venganza. Así, por atacar a un anciano condenó a un chico servir las comidas durante un mes en un centro de indigentes; por quemar papeleras, apagar incendios con los bomberos dos fines de semana; por hacer piratería en Internet dar cien horas de clase a estudiantes de informática; por un comportamiento racista, atender durante cien horas a los inmigrantes que llegan en pateras.

¿Y saben qué? Pués que los chicos aprenden a ver las cosas desde el otro ángulo, se corrigen y lo quieren. ¡Qué fácil! Pero al juez Calatayud no le conocen por desgracia más que en Granada. Eso nos perdemos en el resto.

Darío Vidal

30/11/04







 

       El niņo y la tribu (30/11/2004 19:36)