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Publicado: 26/11/2004


 

NO SE FÍEN DEL PAPEL


Pues nada, que he llegado de la calle con un paquete de papel de 500 hojas, color blanco, formato DIN A4, de ochenta de gramaje, como siempre; he colocado un rimero en la bandeja de la impresora igualándolo bien para que no salieran tirabuzones, me he sentado en el ordenador como siempre. Y de pronto he visto algo en lo que no había reparado nunca. Con el rabillo del ojo me ha parecido leer en el envoltorio ''...medio ambiente''. ¿A ver, a ver...? Sí, ''medio ambiente''. Así es que me he acercado al texto y he heido: ''Este es un papel libre de cloro y está fabricado bajo numerosas normas de seguridad a fin de eliminar y reducir al mínimo emisiones nocivas para el medio ambiente''.

Cuando un fabricante dice algo así, hay que echarse a temblar. Ahora comprendo por qué tanta gente del gremio está hecha polvo de los bronquios. Terenci Moix no cuenta porque fumaba una barbaridad. Todos se lo decíamos pero no le importaba; le divertía incluso y últimamente creo que se empeñaba en batir todas sus marcas y ya muy enfermo fumaba a escondidas. Pero José Hierro no lo hacía más que cualquier otro mortal y se pasó los últimos años de su vida inhalando oxígeno. Y el también excelente poeta Angel Crespo, trabajador impenitente que dedicó lo mejor de sí, que era mucho, a traducir y poner en verso castellano ''La Divina Comedia'' de Dante y a Petrarca, no fumaba que yo recuerde pero era penoso verle subir las empinadas callejas de Calaceite o interrumpirse a mitad de un debate boqueando para tomar aire.

Ahora nos dice el fabricante que el papel no tiene cloro. O sea que lo ha tenido. Y uno calcula cuántos años, cuántas horas, cuántas noches ha estado sufriendo las emisiones de cloro entre montañas de papel, y cuánto gas de plomo fundido de las linotipias al rojo vivo habrá inhalado en tanta madrugada de alertada vigilia en la platina de un periódico, aquellos locales en que los tiznados cajistas parecían fogoneros, el regente un cómitre, y los talleres la panza de un sibilante, un ululante, un traqueteante, un ruidoso buque de vapor desvencijado.

Sólo los linotipistas tenían sus dosis de leche, que detestaban; los otros como estaba a diez metros de las cubas de vaho deletéreo se hallaba a salvo de sus efectos nocivos. Y no digamos de los pijos de la redacción.

Algunas mañanas molestaban las articulaciones; a días parecía faltar el aire; algún amanecer, no intuido allí en el sótano parecía estallar la cabeza. Ignorábamos que oxigenábamos la sangre con veneno. Y mitigábamos el mal sabor de boca con whisky, cafés y cigarrillos. Pero las ojeras, la mirada apagada, la piel terrosa y el rostro macilento delataban a los moradores de la sentina. Sin embargo estábamos felices y la vida era una aventura sin esquinas. ''El olor del plomo en la platina -decía mi padre- es un veneno que crea adicción y nadie puede escapar de él''. Asistimos a un desfile de cajas y responsos que alejó para siempre de nosotros a aquellos valerosos ''rostros pálidos'' que deben miran con aire burlón la campaña anti-tabaco. ¿Quién indemnizó a los suyos?

Mas cuando uno creía estar a salvo después de tantos años descubre por azar en un paquete de holandesas que la atracción fatal por estas cosas hiere, y que la emisión nociva de cloro del papel remata a ''los heridos por la letra''.

Y aunque esté dispuesto a purgar sus innumerables pecados, a saldar sus muchas culpas y a abonar las abundantes deudas que ha contraído con la vida, se rebela a pagar por lo poco bueno que acaso ha hecho.

Darío Vidal

26/11/04






 

       No se fíen del papel (26/11/2004 11:15)