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Publicado: 22/11/2004


 

LUZ, MÁS LUZ


Cuando los madrileños no han tenido tiempo de olvidar el extenso apagón que dejó a la ciudad a oscuras, acaba de producirse un incidente idéntico en Andalucía, donde Sevilla y Huelva en mayor medida, y zonas de Cádiz de forma menos intensa así como Badajoz en Extremadura, han sufrido la paralización de servicios estratégicos como hospitales y clínicas, cuarteles, comisarías, centros vitales y de decisión. Por no hablar de los frigoríficos de los mercados centrales, las grandes superficies y las neveras domésticas, o los ascensores de los que los bomberos hubieron de rescatar a usuarios desquiciados y con crisis de ansiedad.

Esta es la vertiente cómica del suceso si la víctima no padece una claustrofobia severa, porque en ese caso la situación puede resultar menos graciosa, sobre todo teniendo en cuenta la situación de alarma y temor en que vive la sociedad española. Lo primero que piensa un pacífico ciudadano absorto en la letra del coche y el colegio de los niños que se queda atascado entre al piso séptimo y octavo de la Delegación de Hacienda, completamente a oscuras, es cuando sonará la explosión y si serán moros o cristianos. No sé si recuerdan que ésta fué la táctica de la que se valió Fidel Castro para sitiar, rendir y tomar La Habana cuando derrocó a Batista.

Una incidencia de esta naturaleza no debería ser tomada con frívolidad por quienes tienen que velar por la seguridad de los ciudadanos, y no podemos admitir tampoco que las compañías eléctricas den ideas a los terroristas. Hay que investigar diligentemente y sin dilación por qué se han producido dos hechos que pudieran interpretarse como el ensayo general de un sabotaje, el uno en el extremo sur y el otro en el corazón mismo de la nación. Algo que no puede quedar en una inocente anécdota. Hay que depurar las responsabilidades de las empresas eléctricas hasta las últimas consecuencias.

Sin embargo la causa de los siniestros no debe buscarse en un complot o un complejo contubernio. Es algo más sencillo aunque igualmente grave: las líneas y el material de las Compañías eléctricas no se renuevan desde hace años. Los ingentes beneficios de este sector mimado por la Administración se reparten entre los accionistas sin contemplar una política responsable de mantenimiento. Cuando hay que renovar, invertir, construír infraestructuras o aplicar nuevas tecnologías, recurren al apoyo del Gobierno, siempre complaciente, y a aumentar las tarifas.

En EE.UU. mandan las petroleras, las químicas, los acereros y la industria de armamentos; en España el Poder está encarnado por las compañías eléctricas y los bancos. Por eso será difícil esclarecer de veras lo sucedido e iluminar los hechos. Y en esto, como en todo, necesitamos luz, más luz.

Darío Vidal

22/11/04

 

       Luz, mas luz (22/11/2004 16:59)