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Publicado: 20/11/2004


 

LOS NIÑOS SE VENGARÁN


Alguien dijo, a propósito del pecado, que no se puede hablar de castigo sino de consecuencias; que no se trata de que el cielo nos maltrate o 'se vengue' de nuestras malas acciones, sino que las malas acciones desencadenan una serie de reacciones que nos alcanzan sin posibilidad de escapatoria. O sea, que, como advierte nuestra sabiduría popular, en el pecado llevamos la penitencia.

Lo digo a propósito del Día del Niño que hoy celebramos con complacida hipocresía, como si la humillación, la miseria y la explotación de que los pequeños son objeto, fueran algo ajeno a nuestra voluntad y nuestra culpa. Como si cada vez que adquirimos una ganga artesana o industrial del tercer mundo no hubiera, al final de la cadena de intermediarios y explotadores, unos niños que no pueden ir a la escuela, no les dejan tiempo para jugar y pasan hambre. Niños que no cobran más allá de un euro por hora, y según en qué países no llegan a cuarenta y cinco centimos de jornal diario.

Todo eso nos suena irreal. Podemos creer lo que nos cuentan de ''Disney World'' y de las fiestas brillantes de los casinos de Las Vegas. Pero no queremos admitir, aunque los noticieros y la televisión nos lo pongan ante los ojos, que hay niños que viven en los basureros de las grandes ciudades aceptando que no llegarán a adolescentes; que algunos pasan la existencia en los suburbios huyendo de los policías que les cazan como a conejos si los descubren; que muchos largamente maltratados huídos de sus casas, carecen de hogar, familia y afectos y se refugian en bandas para hallar un sitio en el mundo, aunque sea a costa de delinquir y consumir droga.

Desde la opulencia, suponemos que hacen esa elección desde la libertad, y que cada cual es dueño de su vida. No es cierto porque no tienen alternativa. En nuestra sociedad dotamos de una protección desmedida a nuestros hijos, les blindamos de toda contrariedad y no permitimos que les exijan demasiado esfuerzo en el colegio, no queremos que lleven unos pantalones de marca inferior a los de sus compañeros de colegio, no consentimos que carezcan de teléfono móvil, ''play station'', y zapatillas de firma, muchas veces confeccionadas por niños menores que ellos mismos, en el otro extremo del Planeta.

Pero no pueden decírnoslo. Si antes temíamos enfrentarnos a la verdad, ahora mostramos indiferencia. Delatar la mugre de la miseria y la mugre moral de los desalmados que prosperan con la indigencia y el dolor de los niños, se ha convertido en algo de mal gusto, algo inconveniente. Contar esas truculencias, esas amarguras, esas atrocidades, es una indelicadeza, una falta de educación y de maneras, porque exhibir la pobreza es obsceno y hasta torpe.

No soy capaz de recordar los millones de niños hambrientos, los muertos por desnutrición, los prostituídos, los mancillados, los ofendidos, los humillados, los obligados a matar y asesinar en las guerrillas y las fuerzas regulares -incluso los negros e hispanos en el Ejercito de los EE.UU. según el último informe de las Naciones Unidas- pero una cosa es cierta: al robarles el candor y la infancia estamos haciendo de ellos un ejército de desalmados dispuestos a matarnos sin piedad y no tendrán la culpa.

Darío Vidal

20/11/04

 

       Los niņos se vengaran (20/11/2004 22:04)