Hemeroteca:


Mayo 2020
Dom Lun Mar Mie Jue Vie Sab
         
           

Publicado: 19/11/2004


 

LA TRAICIÓN DE ZP


Se diría que el primer cometido de un presidente, antes que dirigir la entidad que preside, consiste en saber qué es y creer en ella.

Por eso, que el presidente del Gobierno diga lo que ha dicho de la Nación española, y sugiera que cada cual puede llamar a España como prefiera es, siendo generosos, una frivolidad. No es lo mismo estado, nación, nacionalidad, provincia, protectorado o colonia. Que algunos conceptos se debatan desde el Congreso de Viena no le autoriza a sembrar la confusión. El último al que se debe tolerar que promueva el desconcierto entre los ciudadanos desorientados es a quien tiene la tarea y la responsabilidad de mantener la coherencia de una institución política. Pero al chapucero ZP le dan igual ocho que ochenta.

El ser humano -y también los primates superiores como han descubierto los etólogos-, es un animal profundamente jerárquico y emotivamente inclinado a los símbolos, que se identifica mediante pautas míticas y se organiza desde la racionalidad con criterios morales que se traducen en normas jurídicas. Pero ZP no sabe de esas gollerías. Para las personas cuidadosas un presidente no es un empleado; un templo -iglesia, sinagoga, mezquita- no es simplemente un local como para el señor Bush; una ley no es un capricho del jefe; una nación no es una finca, un solar o el huerto que puede venderse o alquilarse, y una bandera no es un trapo de colores. Todo eso es algo más complejo. Pero, claro, quien no distingue puede quedarse sentado mientras desfila ante sí el estandarte de otra nación, si le resulta antipática o le cae mal su rey.

Aunque sólo sea lider de la oposición, lo que no es poco, un personaje metido en política no puede permitirse expansiones personales y debe representar a toda una sociedad. Cómo defenderse de los compatriotas perjudicados por una ligereza, y los astilleros que se quedan sin el trabajo ya concertado, por el gusto de un placentero corte de mangas o un desplante personal. Quien tal hace, jamás será político sino un vulgar gañán inclinado a obrar según le pida el cuerpo. Lo contrario de un hombre de Estado.

Un político ha de ser dueño de sus gestos, administrador de sus actos, custodio de sus palabras, perito en el disimulo, gentil con los rivales, cortés con los enemigos, sagaz, astuto, discreto, sutil, agudo, previsor, delicado, culto, habilidoso, y en una palabra, debe ser un dirigente -un líder como dicen los anglosajones-, y un ejemplo para los otros. Y si no es nada de eso, que lea por lo menos ''El Príncipe'' de Maquiavelo que está en todas las librerías, ''El Político'' y ''El Héroe'' de Gracián que también, y que se vaya a casa para no hacer víctimas de su falta de sindéresis más que a sus íntimos.

Decir que España es lo que uno quiera, resulta una estupidez, una botaratada y una irresponsabilidad. El profesor Gabriel Albiac se escandaliza de que haya podido ser docente universitario alguien que ''ignora su disciplina y sus circuitos neuronales [y actúa] como un relojero que, a su delicado oficio, aplicara la finura de un mazo de cantero'', porque ''la nación no es puesta por la Constitución sino al contrario. Nación es la potencia básica que en el curso del tiempo se constituye a sí misma como Estado''. Y Carmen Martínez Castro opina citando el artículo 2º, que ''el que el presidente del Gobierno de España entre en el juego [de los nacionalistas] no solo es suicida [sino] una traición a la nación cuyo gobierno tiene el honor de presidir''.

Darío Vidal

19/11/04

 

       La traición de ZP (19/11/2004 23:50)