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Publicado: 09/11/2004


 

CRUEL NAVIDAD


Estamos a nueve de noviembre y ya ha comenzado Navidad. Nos aguarda una interminable escalada de anuncios, sugerencias, incitaciones y solicitaciones en los medios, los escaparates y en las calles, pero sobre todo en la televisión, revestidas todas de la más nauseabunda sensiblería.

Los genios del marketing aceleran los tiempos, y los ávidos mercaderes están ansiosos de predicar el bien, la bondad universal y la felicidad planetaria. No reparan en el espectáculo, tan próximo, de la avaricia, el egoísmo, la guerra, la especulación, la crueldad y la muerte. Se muestran ciegos ante esas gentes desangradas por la metralla y esos niños mutilados por la vesanía de los hombres. Qué van a hacerle ellos. Qué podemos hacer.

Si los muertos fueran ''de los nuestros'' tal vez jugaríamos con brazalete de luto, aplazaríamos el partido, y si fueran tantas las víctimas suspenderíamos la Fiesta Mayor. Pero están en Iraq, en Afganistán, en Costa de Marfil. ¡Figúrate! Casi no sabemos ni por dónde caen.

Por Brasil andan ''os meninos da rúa'' escondiéndose por los basureros de los policías que se ejercitan al tiro al blanco con ellos, y otros esnifan pegamento para engañar al hambre y aturdirse por Centro y Sudamérica, y en vastas áreas de Asia y Africa obligan a otros pequeños a que aprendan a matar si quieren un cuenco de rancho, y miles de niños desarraigados y sin padres en la opulenta y hastiada América del Norte, se organizan en pandillas para consumir drogas, procurarse armas cortas y largas en el mercado negro por poco precio, y hacerse así dueños de sus barrios, sin que sepan muy bien para qué, pero de ese modo ''se sienten fuertes'' como reconocía un pequeñín de ocho años, guapo como un ángel, en un escalofriante reportaje que emitía la noche del pasado domingo la televisión.

Pero volvemos la cara y miramos hacia otra parte para no reconocer que tenemos el fenómeno aquí mismo, y de momento ha comenzado a manifestarse en fenómenos como el del muchacho que acaba de suicidarse tirándose desde las murallas de Hondarribia. ¿Quién crea, cultiva, alimenta y difunde tanto odio?

No estamos aislados. Pero hemos perdido la compasión, la empatía, la afinidad y la imaginación para ponernos en el corazón de los demás. Pero no importa. Ha llegado la temprana Navidad con su hipócrita lazo de regalo, y todos nos sentiremos confortablemente buenos hasta el Día de Reyes. Aunque nos importen un bledo los demás como venimos demostrando.

Hay padres y madres sin trabajo que acaso se sientan tentados a robar estos días de felicidad impostada y bondad a plazo fijo para no decepcionar a sus hijos. Puede pasarse por alto que la sociedad sea injusta y cruel con los padres en otras ocasiones, pero es inadmisible que en éstas sea injusta y cruel también con los pequeños y que no puedan tener lo que apetecen.

Alguien dirá que mi argumento es demagógico, utópico o ingenuo. No tal. Parece inevitable que haya desigualdades. Pero nunca la televisión debiera servir para enfatizar esas distancias. Y es cruel, gratuíto e infinitamente cruel tener que explicar a un niño por qué no puede tener lo que los otros tienen, del mismo modo que es una maldad reprimir su fantasía, hacerle sentir que no tiene derecho a desear, y que a él le están vedados los sueños.

Darío Vidal

09/11/04

 

       Cruel Navidad (09/11/2004 01:18)