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Publicado: 07/11/2004


 

DARSE AL ENEMIGO


No sé si recordarán ustedes cómo relatan los historiadores que se operó la desmembración del Imperio Romano. Pero aquel pueblo arrogante, ambicioso y guerrero, de gente dura, frugal, austera, sufrida y valerosa comenzó a vivir bien, comenzó a vivir demasiado bien, pensando que ya le había llegado el momento de tomarse algún respiro y darse una recompensa. Los romanos aún no habían aprendido que la vida nunca se detiene. Y ellos pensaron poder hacerlo.

Lo que sí consiguieron fué desmotivar a la juventud, convencida de que la existencia era una fiesta, y el progreso y el bienestar dones gratuítos que merecían por el hecho solo de existir y ser romanos, como si su consecución no se debiera a siglos de privaciones y esfuerzo colectivo de los antepasados.

Los muchachos mudaron de hábitos y de costumbres, sustituyeron el pugilato y el gimnasio por la fiesta; el madrugar por el trasnochar entre copiosas libaciones con vino sin aguar -una inmoralidad- y las consiguientes broncas nocturnas en las calles, donde se reunían para vocear canciones irrespetuosas y obscenas, gritar y pelearse incitados por la agitación del alcohol.

La austera elegancia de las togas se vió suplantada por las ordinarias ''bracae'' que eran los horteras pantalones propios de los bárbaros que venían del norte; se abrigaban con chaquetones de cuero más adecuados a las frías tierras de los vikingos, y se dejaban crecer los cuidados cabellos cortos hasta que formaban turbulentas melenas descuidadas y sucias -''crines majores''- que creían más varoniles, pero se concertaban con los chicos en lugar de con las chicas, mientras ellas se prodigaban en el lecho con los que aún las deseaban, y sus madres, las castas matronas que las habían concebido y fueron siempre el bastión verdadero de la moral y de la padria, concertaban citas con sus amantes.

Llegaban de todas partes noticias de que los extranjeros de las frías tierras del norte, lugares inhóspitos cubiertos perpetuamente de nieve y hielos, iban llegando en grupos a los ''limes'', huyendo del hambre, y se infiltraban en el Imperio. Los senadores y ''los veteranos'' solicitaban que se reforzaran los destacamentos de la frontera, pero los muchachos se negaban a empuñar las armas. Así es que los políticos, que tampoco querían forzar a los suyos a que fueran, abrieron las oficinas de todas las unidades para que se alistasen los que quisieran. Mas como los adolescentes romanos no lo hacían, comenzaron a hacerlo los extranjeros de los que querían defenderse los romanos previsores.

No sé si esta historia -que no es una historieta- les sugiere a ustedes algo. Pero lo cierto es que cuando los bárbaros se hartaron de colarse por favor, de servir como criados, y de recibir las sobras de las casas opulentas, decidieron conquistar la tierra que habían ya invadido, y hordas hambrientas y salvajes de guerreros del centro y el norte de Europa irrumpieron en las lindes, violentaron las fronteras y penetraron en la que había sido la nación más poderosa de la tierra.

¿Siguen sin atar cabos? Pues busquen a nuestros chicos y pregúntense por nuestro Ejército. Comparen el presente y el pasado tan próximo. Indaguen a quién hemos confiado nuestra defensa. No rechazaré a nuestros hermanos de América. Pero me parece irresponsable y suicida entregar las llaves de nuestra seguridad a quienes nos odian y se organizan para matarnos.

Darío Vidal

07/11/04

 

       Darse al enemigo (07/11/2004 13:18)