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Publicado: 05/11/2004


 

COMIDA DE HOSPITAL


Ni aún estando en plenitud de forma nos resultaría apetitosa la comida de hospital: ese rancho cuartelero que huele a cebolla recocida y a suela de ternera. Y uno se pregunta si es necesario añadir a las molestias de la enfermedad y la cirujía, el desprecio al gusto, el olfato y aún a lo que pudiera ser grato a la vista.

Hay por lo menos dos vicios hospitalarios derivados de la idea mecanicista de la eficacia, que juzga al enfermo como una máquina averíada que se repara con máquinas y fármacos. Todo lo contrario de lo que opinaba el doctor Marañón cuando sustentaba que no hay enfermedades sino enfermos. Pero esa concepción humanitaria y humanista ha quedado anticuada sin que nos propongan nuevas respuestas. Los sabios del momento han perdido de vista que un enfermo es un ser más débil, humano y vulnerable que nunca; que es un ser necesitado y, si ustedes me lo autorizan, un ser indigente. Y eso no se remedia con máquinas, monitores e incisiones certeras. Hace falta proximidad, cercanía, y aunque al pronto resulte cursi, amor.

Mi admirado paisano el sabio humanista don Pedro Laín Entralgo escribío un esclarecedor ensayo sobre la curación por la palabra, y mi médico el profesor José Bueno Gómez, no solo tiene un opúsculo sobre la necesidad de humana con-pasión en el hombre que cura al hombre, sino que tiene la virtud taumatúrgica de curar con el tacto: le digo, aunque se ría, que me basta con su imposición de manos. La palma de la mano en mi frente o sus dedos en la muñeca, ahuyentan la enfermedad y las molestias con una corriente incontenible de energía y un flujo de complicidad exquisita y de amistad.

Pero pocos entienden ya de sutilezas. Un querido amigo mío, un hermano de los tiempos escolares, me confía con la débil voz enronquecida de los recién operados, que lo peor es la falta de sosiego: el despertar intempestivo de las noches para controlar la temperatura y el pulso, el ametrallamiento de la persiana del ventanal cuando deja entrar la hiriente luz del día, las carreras por el pasillo, el rodar de los carros de las curas y los de las comidas, y finalmente los menús.

Nadie se curará antes, probablemente, por comer algo mejor, pero tal vez un menú más imaginativo y colorista dotaría de más ánimo a los pacientes y les permitiría sobrellevar con más optimismo los largos días de las breves estancias hospitalarias. Es inconcebible que en unos momentos en que se pone, en teoría, tanto énfasis en nuestros malos hábitos dietéticos y nos bombardean con miles de regímenes adelgazantes y de mantenimiento, no aprovechen los responsables de nuestra salud para enseñarnos de qué modo podemos alimentarnos gustosamente y sin excesos, de acuerdo con las nacesidades de cada cual.

Pero este es uno de los extremos en que falla la asistencia sanitaria: si no somos enfermos sino enfermedades, no hay por qué singularizar la dieta. Claro que dejando de lado estas sutilezas, nadie se ha propuesto siquiera procurar alimentos un poco más apetitosos y variados para los enfermos y los brevísimos convalecientes, carentes por lo general de gana de comer.

El Nobel Linus Pauling pionero de la medicina ortomolecular, acusaba a los medicos de los hospitales del escaso mimo que ponían en la prescripción de las minutas. Alguien dijo alguna vez: sopa, verdura con patatas, pescado hervido y carne a la plancha. Si acaso un yugurcito con galletas, y punto. En nombre de mi viejo amigo convaleciente, solicito piedad.

Darío Vidal

05/11/04

 

       Comida de Hospital (05/11/2004 01:58)