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Publicado: 03/11/2004


 

COOPERAR CON EL TERROR


El terrorismo tiene como meta el terror. Se propone aterrorizar, asustar, angustiar, neurotizar y deprimir. Es una guerra psicológica encomendada a los cobardes. No piensen que tomo a broma un asunto tan serio. Tampoco es una tautología, porque a veces no parecemos tener esa idea tan clara. En pura técnica filosófica -Dios me perdone la expresión- hay que retornar hasta lo obvio para poder construir un argumento.

Veamos. El terrorismo se propone generar terror, sembrar el recelo, la desconfianza y el miedo. El terrorismo no se propone ensangrentar las calles, volar edificios, ni matar a nadie. Se propone conquistar el poder ilícitamente por medio de la inseguridad, el estrés de la continuada alerta, el súbito sobresalto, desestabilizador y el temor por la integridad de los nuestros: se propone y suele conseguir que abolamos la normalidad dificultando la existencia, que la gente no repose en paz, volver loca a la población, sumir a los individuos en la soledad y mandarlos al psiquiatra.

Ahora bien. ¿en qué consiste el terror, dónde anida, cuál es su más hondo detonante? La última fuente del miedo está en la muerte y en cuanto la preludia y la acompaña, como el sufrimiento y el dolor. Por eso los terroristas no matan por matar, salvo en casos muy contados y excepcionales que todos recordamos; matan para aterrorizar. El terrorismo no es un fin sino un medio. Pero para aterrorizar hay que exhibir la muerte, mostrar la sangre, exponer los destrozos, enseñar los niños huérfanos, las novias desoladas y las viudas sin sin futuro, con objeto de transmitir a cada individuo que él puede ser el próximo. El próximo en llorar o el próximo en morir con ese género de muerte obscena, pública y descarnada; con esa fea muerte impúdica de muñeco maltratado y roto, tan diferente del previsible último sueño, vivido como un trance íntimo y recatado por las blancas sábanas. Por eso mata el terrorismo.

Sin embargo, es posible que no existiese ese abyecto comercio del terror si no se difundiesen sus hazañas, si nadie diese a conocer sus mensajes, cosa por el momento impensable si no queremos caer en el imperio de la censura. Pero va a ser inevitable plantearse cuál ha de ser el tratamiento informativo de este horror, sin negarlo pero procurando no secundar los intereses de los criminales.

En ese sentido, me parece que George Bush ha hecho un flaco favor a su país pensando solo en sus intereses y convocar a los ciudadanos al miedo como los sindicatos convocan a una manifestación, para que la incertidumbre y la desazón se tradujesen en votos. Una sociedad aterrada es una sociedad dócil. Pero no tonta. Y algunos ciudadanos se habrán preguntado de qué sirve el Estado cuando el 'Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas de los EE.UU.' exhorta a la población a que adquiera armas para su autodefensa -¿y el Ejercito?- sobre todo cuando les amenaza con armas atómicas, virus y bacterias que son enemigos contra los que los rifles son ineficaces.

Un gobernante no puede hacerle el juego al terrorismo. Debe trabajar con calma, sigilo y eficacia, disimulando el miedo para infundir confianza. Sembrar el terror entre los propios no es una irresponsabilidad: es un crimen y se llama terrorismo. Y es indecente, si no criminal, encender el miedo aunque no sea más que con el noble propósito de que le voten a uno.

Darío Vidal

03/11/04

 

       Cooperar con el terror (03/11/2004 00:16)