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Publicado: 01/11/2004


 

CONFUSIÓN DE DIFUNTOS


El umbral del otoño tuvo en otro tiempo tres emblemas: la aparición de las castañeras, las representaciones de Don Juan Tenorio en todas las poblaciones en que había teatro, y las jornadas de homenaje a nuestros antepasados: Todos los Santos, la Noche de Ánimas y el Día de los Fieles Difuntos.

La Noche de Ánimas o de Difuntos se rezaban en familia tres partes de rosario, que iban pasando con castañas asadas y ''huesos de santo'', ese mazapán tan parecido al turrón, mientras los mayores contaban anécdotas y hazañas de los que se fueron, entre la curiosidad admirativa y el jolgorio de los niños. Nada especialmente macabro. Pero como la procesión iba por dentro, los pequeños preparaban para conjurar su propio miedo unas cabezas monstruosas con que dar miedo a los demás, vaciando calabazas cogidas en el propio huerto que tallaban con facciones humanas o apariencia de calavera e iluminaban por dentro para que el temblor de su difusa luz interior y la que se escapaba por entre sus dientes y sus ojos, les diese una apariencia fantasmal cuando se descubrían en el recodo de una escalera, al fondo de un pasillo oscuro o dentro de un armario. Pero como no había televisión, los niños eran tan ignorantes que no sabían que celebraban una cosa inventada por otros llamada ''Halloween''.

Un otoño comenzaron a no salir las matriarcales castañeras porque los ayuntamientos querían forrarse con ellas o tal vez hacerlas desaparecer porque a su juicio afeaban la pulcra alineación de las esquinas, y así terminaron por quedarse en casa. Una indiscutible victoria de la modernidad para una sociedad ramplona y pueblerina. Años después, sin que nadie supiese dar razón de tal mudanza dejó de representarse el Tenorio en los mejores teatros, que se llenaban por estas fechas, y los restantes dejaron de ponerlo para no quedarse atrás.

No han quedado del incipiente otoño más que los días de Difuntos aunque sin el toque piadoso de los rosarios y apenas el de los ''huesos de santo'' que se comen a deshora, y no en familia la Noche de Ánimas para endulzar avemarías. Pervive el culto a nuestros muertos y el piadoso homenaje de unas flores que llevamos al Camposanto para testimoniar el llorado recuerdo, saludar a los vecinos, reencontrar las viejas lápidas y descubrir otras que han dejado en un año la guadaña del frío, el rigor del estío, y la curva taimada que ocultaba otro coche.

Pero dentro de nada no van a quedarnos ya ni los Difuntos. Empeñada en no dejar memoria de su paso, nuestra generación ha sustituído la piedra y el ladrillo por el cemento deleznable y fungible primero, y luego por aluminio y cristal; los libros cosidos, por otros de lomo encolado cuyas hojas aventará el vendaval al caer la primera bomba; los alzados en papel cebolla por planos virtuales, y los legajos, por documentos digitales definitivamente fiables aunque tal vez demasiado sensibles al calor, al frío, al magnetismo, a los campos eléctricos, a la agresión del polvo y a otros agentes que todavía ignoramos.

Y finalmente hemos renunciado al consuelo acaso mágico pero tan humano de conservar en la tierra los huesos de nuestros padres para ir de vez en cuando a pedirles consejo. Ahora los quemamos y esparcimos sus cenizas -una práctica que durante siglos se consideró una maldición- para no poder hallarlos. Pronto juzgaremos impúdico y soez conservar esa basura en una tumba. Y no nos quedarán de estas fechas y esta época ni siquiera los Difuntos.

Darío Vidal

01/11/04

 

       Confusión de Difuntos (01/11/2004 12:11)