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Publicado: 21/10/2004


 

CONDUCIR MAL


La Union Europea dice que Aragón y Galicia tienen el privilegio de gozar de las carreteras peores del Continente. Menos mal que en España podemos vanagloriarnos de ser los primeros en algo. Es lástima, sin embargo, que los sabios de Bruselas no conozcan el asunto a fondo, porque de otro modo exaltarían a Premio Nobel de la Circulación a cierto benemérito ingeniero de Teruel que, para evitarse discurrir -''Dios nos libre de la funesta manía de pensar''-, hace pintar infinitas rayas continuas en las carreteras que unen las poblaciones de su demarcación, incluidas las extensas rectas, hasta que los conductores enloquecen y se lanzan a adelantar cuando ven el camino expedito, contraviniendo la norma arbitraria, la norma inaplicable, la norma interpretada por la torpeza y aplicada por la pereza, en beneficio de los motoristas ocultos que cosechan diariamente las infracciones que el funcionario siembra.

Naturalmente los responsables de Obras Públicas han desautorizado con toda energía esa ingerencia acusica de los expertos bruselenses por meterse donde no les llaman, y dar armas de paso a los conductores para que se exculpen por lo menos de la mitad de las infracciones que se les atribuyen.

Pero cuando la activa Dirección General de Tránsito se apresta a castigar a los conductores con su nuevo Código, solamente aplaudido por las entusiastas autoescuelas, alguien denuncia en los foros internacionales que en España se conduce rematadamente mal. O sea que las llamadas Academias lo hacen fatal. Y claro, se revuelve el gallinero y alguien lanza el grito de ''somatén'' acusando a la totalidad del Universo Mundo de tener tirria a lo español.

Y bien: ¿qué hacer ahora? El Real Automovil Club de España (RACE) ha comenzado a dar cursos a los automovilistas de España, o sea de Madrid, para que aprendan a desenvolverse en condiciones adversas, que es lo que debiera hacer alguien antes de entregar el carnet a un neófito. Aquí llueve en la quinta parte de la Península y en la otra sopla un viento enloquecido, nieva casi en la mitad, hiela en las tres cuartas partes, y en todo confín hay nieblas intermitentes durante esos melancólicos meses navideños en que incluso los moradores de las zonas tórridas se acercan a las algodonosas estaciones de esquí -lluvia, niebla, nieve y hielo- para probar su impericia en una actividad que exige tanta pericia como conducir en invierno.

Los pocos que saben frenar, hacer un trompo, controlar un ''acuaplaning'', recupararse de una sobrevirada, prevenir el comportamiento del vehículo ante la tierra que ha dejado en el firme la tormenta, tratar el acelerador con delicadeza al cruzar un arenal, rezar cuando aparece el hielo y poseer la suficiente modestia para reconocer en algún momento que no saben qué hacer, entienden lo que digo.

Pero pónganme un chicote de dieciocho o veinte años -que son los que matan y se matan- descendiendo de las pistas en un coche que se le escapa de las manos, con tres amiguetes que le llaman acojonao, o llevando a solas a un ligue, su novia o una chica ante la que es indispensable quedar como un macho en unos casos porque dice que la velocidad le da miedo y en otras porque asegura que le gusta correr más. Y añadan a la testosterona y la inconsciencia una carretera mala y tortuosa con niebla, lluvia o hielo, sin contar con la eventual compañía de unos gramos de alegría etílica o algo peor, sumado a una vasta ignorancia en materia de conducción. Y obtendrán algo que no remedia el Código.

Darío Vidal

21/10/04

 

       Conducir mal (21/10/2004 15:10)