Hemeroteca:


Mayo 2020
Dom Lun Mar Mie Jue Vie Sab
         
           

Publicado: 08/10/2004


 

LOS ÚLTIMOS ESPAÑOLES


Qué disgusto se darán los ''abertzales'' cuando descubran que los vascos son los últimos españoles. El alcaloide de la españolidad. No es una provocación. Constituyen la última reserva de un pueblo impenetrable, arisco, desdeñoso con lo foráneo -acaso por ignorancia-, reñidor por diversión, ingenuamente idealista, altivo, orgulloso, independiente, terco en las ideas o la idea porque no suele tener más que una, cabal con su palabra, y receloso con los desconocidos hasta que se confía y les abre su casa.

Un disgusto como el que dieron los antropólogos al señor Arzállus, tan puntilloso siempre, cuando concluyeron que los vascos eran un vestigio fósil de los íberos, procedentes del África central, convirtiéndolos de este modo en los últimos especímenes autóctonos; en lo que queda de los españoles primigenios, puros y elementales que pueden rastrearse residualmente en los más aislados rincones de la Península salvo acaso en Andalucía, barrida de este a oeste por la brisa de dos mares.

Un día contemple cómo uno de esos ejemplares propinaba una tremenda palmada a un sorprendido viandante tomándolo por un conocido. ''¡Ay, perdone, que creía que era un amigo!'' El forastero tan efusivamente saludado se quedó desconcertado sopesando si era un error o una provocación, sin acertar a reaccionar, mientras el acompañante le increpaba: ''Pues no sé que habría hecho si hubiese sido su enemigo''. El tipo se le quedó mirando como un gallo: ''¿Si hubiese sido un enemigo?¡Nada!'' Y añadió con rencor: ''Yo a los enemigos no les saludo ¡Que se jodan!''

Era un ibero nervudo, enjuto, denegrido y narilargo, en cuyo rostro habían cavado su huella mil soles y bajo cuyas pobladas cejas brillaban unos ojos negros, menudos, agudos y cispeantes como de acero. Mas no parecía ser capaz de acabar con un semejante por la espalda como algunos descendientes, lo que parece confirmar que el tiempo no pasa en vano ni para los individuos ni para las especies, que evolucionan aún a su pesar, cambian aunque sea pausadamente, o se extinguen por degeneración endogámica. Así de extrañas son las cosas. Y así decáen las modas y los dogmas asentados.

Nuestros rudos antepasados, tan nobles, superiores y admirados, hijos tal vez de una raza insólita, que a nuestros vascones les hizo suponer descendientes poco menos que del sol, resultaban tener origen humano y provenir seguramente de las tórridas selvas africanas invadidas por el desierto que les fué expulsando hacia el norte. De modo que si no querían compartir ascendencia con el resto de los hispanos, galos y lusitanos por suponerlos inferiores, acababan por descender -que descendemos- de esas razas 'inferiores' que arriban ahora en pateras. Qué golpe para el honor. ¡Qué contarles a los niños ahora en las ''ikastolas''!

''Humano, demasiado humano''-, como se lamentaría Nietzsche.

Mas, como ''quien se humilla, será ensalzado'', ahora va a resultar que al que dabamos todos por genovés, aquel Cristóforus Columbus que aceptamos resignadamente como extranjero, podría revelarse como un Colom mallorquín o catalán de los de toda la vida al desentrañar su ADN. Con lo que don Cristóbal Palomo no seria ya un ''marinaio giudaico'' sino un ''chueta mallorquí''.

Mas no se alboroten los racistas: al fin, todos hijos de Dios.

Darío Vidal

08/10/04

 

       Los ultimos espaņoles (08/10/2004 02:12)