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Publicado: 03/10/2004


 

UNA JUVENTUD INVÁLIDA


Alguien dijo que los hijos hablan de los padres. No se trata de que los elogien o los denosten, no. Quiere decir que los hijos explican a sus padres; nos cuentan como han sido o como son. De modo que la holgazanería cobarde de nuestros hijos, su carencia de propósitos, su falta de ideales, su rechazo a la disciplina y la constancia, y su miedo al esfuerzo, nos señalan a nosotros. Ellos no son culpables de que los valores que les hemos inculcado -o los disvalores que les hemos transmitido- hayan hecho de ellos una juventud inválida.

Toda la vida, de la cuna a la tumba, es una enseñanza. Pero en la sociedad de la abundancia no permitimos que los muchachos tengan contacto con la vida. Nos aplicamos aquel proverbio bufo que aconseja que ''si el alcohol perjudica a tus negocios, dejes los negocios''. Aplicamos a nuestros chicos la tolerancia fácil del mal amigo y halagamos su humana tendencia a no esforzarse, defendiéndole de sus profesores, de sus obligaciones, del duro aprendizaje de la experiencia y de la amargura de los fracasos. Hemos suprimido incluso aquella ''mili'' odiada, pero igualadora y absolutamente democrática, en que eran idénticos de puertas adentro, el hijo de papá y el hijo del obrero. Por eso ahora, inhabituados a la contrariedad, son incapaces de sobreponerse al menor contratiempo.

Todos los adultos recordamos las exigencias del matón del curso que nos exigía cromos y tebeos o nos empujaba al salir de clase o se reía de nosotros, y que nos obligó a vencerle a bofetadas o esgrimiendo el ingenio y caricaturizando sus hazañas y haciendo que la risa cambiase de bando. También sufrimos los rigores del ''mobing'' en la pandilla cuando estrenamos un juguete o un jersey demasiado bonito, y hubimos de diseñar estrategias de acercamiento a otro grupo, o ensayar una política para fraccionar el núcleo duro de nuestros opositores.

Esas cosas entraban en el terreno de lo normal, como era habitual que si ibas solo por la ciudad y te cruzabas con una pandilla, conocida o desconocida, te acosasen, te rodeasen, te zarandeasen y, si no eras más agil, te propinasen algún mojicón. Lo lógico. En adelante, si no habías sabido hacerte respetar en aquel momento, era cuestión de hallar una ocasión para que en adelante te temieran. Nada extraño. Nada anormal, aunque en ocasiones resulte duro. Es lo mismo que sucede en el mundo de los adultos. Formaba parte del aprendizaje. Pero ahora los padres denuncian los hechos en el juzgado de guardia. Y esa actitud blanda ante la vida están comenzando a pagarla ya nuestros muchachos.

Pienso en ese pobre adolescente que se ha quitado la vida tirándose desde las murallas de la ciudad al salir del Instituto. Pienso con amargura en esos catorce años rebeldes y floridos que yo también cumplí, y lloro en él por mí. Y por nosotros. Así que no voy a ser crítico con sus padres y menos aún con él.

Pero no tenemos derecho a criminalizar a sus compañeros, según pienso. Ellos cumplían sin saberlo la tarea educativa del grupo, que estimula a su manera a quienes se quedan rezagados. No lo hicieron con tacto. Son muchachos. Pero no deben ser considerados culpables de su muerte. Ahora querrían morirse ellos. Algo había previamente en su cabeza para que no pudiera metabolizar un desdén. Alguna culpa tendremos los padres sobreprotectores por esa indefensión ante la contrariedad que nosotros resolvíamos con un guantazo.


Darío Vidal

03/10/04

 

       Una juventud invalida (03/10/2004 11:08)