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Publicado: 30/09/2004


 

ADOPTAR UN NIÑO


En un programa radiofónico moderado por Fermín Bocos, se estuvo discutiendo anoche sobre el derecho de las parejas homosexuales a adoptar niños -cien mil de ellas se casarán en el momento en que se autoricen los matrimonios-. Pero el tiempo se fué en divagaciones sentimentales, ponderando la pertinencia de tal paso, el derecho de la pareja a otorgar su amor a un pequeño y la necesidad de compartir sentimientos y dar ternura a una vida naciente.

Sin embargo los contertulios, instalados en la perspectiva de adoptantes, en ningún momento se pusieron en el lugar de los niños.

Nadie se planteó si sería beneficiosa o contraproducente para los pequeños esta fórmula novísima. Y es algo sobre lo que hay que reflexionar. No por la tendencia sexual de los padres o las madres, ni mucho menos por el riesgo de corrupción, que hay que descartar supuesta la rectitud de los adoptantes. La objeción no reside ahí.

Si esta cuestión hubiese podido plantearse hace un siglo, probablemente mi opinión, tan irrelevante como la del común de las gentes de buena voluntad, se habría inclinado por la adopción.

Sin embargo, en plena resaca del Psicoanálisis, tras los avances de la Psicología y la Psiquiatría, y luego de lo que nos está descubriendo la Neurobiología sobre la química del cerebro y el comportamiento humano, no me atreveré a opinar. Aunque sí deseo reflexionar sobre la importancia que tiene la bipolaridad macho-hembra en la formación de lo que Rof Carvallo denomina ''urdimbre constitutiva'', no solo por impregnación de un repertorio de hábitos y valores, sino a través del papel de la madre primero para cimentar la seguridad y la autoestima del bebé, y el del padre después consolidándolas poco a poco, para ir arrancando a la criatura del nido materno donde todo le está consentido, e ir exponiéndolo progresivamente a la intemperie, con objeto de que entienda que si en el hogar todo le ha sido dado, en el mundo tiene que conquistarlo todo con su esfuerzo. Una misión que han olvidado ahora los padres de familia. Por eso, la duda sobre la pertinencia de que forme a un niño una persona sin pareja, se extiende tanto a los padres biológicos como a los adoptivos. Naturalmente eso no reza con los viudos porque no han escogido la situación, pero en todo caso sería mejor restaurar la familia si el nuevo cónyuge no rechaza al pequeño.

Parece reaccionario, pero no es culpa de quien escribe. Una cosa es la moda, que va de la mano de lo políticamente correcto, y otra bien distinta la verdad científica. Al parecer, el equilibrio de un ser que se forma necesita la acción y reacción de esos dos polos afectivos contrapuestos. Al parecer, digo. Y no es lo mismo ''ser'' que ''hacer de...''

Cierto es que vivimos de teorías, y que los supuestos mejor fundados se sustentan en hipótesis muchas veces inconsistentes, aunque en ocasiones tengan una apariencia de inconmovible solidez. Por eso comenzaba diciendo que es difícil tomar partido y que no pretendo dar soluciones sino incorporar un elemento de reflexión al debate, con toda humildad. Solo un aspecto me parece diáfano: que hay que resolver la disyuntiva no desde nuestro punto de vista, sino desde el más generoso de los intereses del niño.

Quien pretenda ser padre debe aprender a renunciar.

Darío Vidal

30/09/04



 

       Adoptar un niņo (30/09/2004 15:13)